musaraña


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La zorra y el Principito

Nunca estamos solos. Ni cuando queremos estarlo y nos apartamos, por ejemplo, a la costica mala y fea de atrás de la casa. Toda llena de dientes de perro y desechos de basura y brujería, con Yemayá celebrando.

Quizá otros sean como yo, buscan lo que yo. El aislamiento cerca del mar, dentro del mar mismo. Y también se equivocan. Pescadores, militares, parejas, padres e hijos. Ahí estaban todos los del barrio, burlándose del oleaje de los vientos de cuaresma.

Decepcionada, me uní a un par de niñas con dientes de leche en el clarito, único lugar con arena. Y como nada, o pocas cosas, salen gratis, a cambio del espacio compartido, me tocó jugar, o mejor dicho, someterme a sus juegos.

Respirar bajo el agua, flotar, zambullirme, peinarme hasta conseguir el efecto más liso, contar hasta diez… Una intranquilidad constante que me proporcionaba, paradójicamente, la tranquilidad que andaba buscando. Olvidar un poco que debo una tesis, un post, un beso y unos cuantos lo siento.

Las niñas claro, me preguntaron de todo. Y yo tuve que responderles lo más sincera posible. Los niños siempre, no sé cómo, descubren cuando uno les miente. Ellas también me contaron sus vidas cortas de cinco años, pero en discursos laaaaargooooos, como si hubieran vivido mucho.

Llegó como siempre la hora de irse a casa, a quitarse de encima el salitre y, con poca suerte, las púas de los erizos. El padre, sentado todo el tiempo sobre una piedra, toalla en mano, las fue cubriendo lentamente, sin secarlas, como un ritual de bautizo. Se voltearon los tres buscando el trillo hacia los edificios; pero antes, tal como la zorra al principito, una de las niñas, desde la orilla, me gritó: ¡A partir de ahora vendré siempre los domingos, ¿y tú?! ¿Yo? ¿Qué podía responderle desde mi inevitable adultez sino que estaba bien, que vendría siempre a encontrarnos, que no faltaría a la cita?

No sé si me escuchó con la ventolera, porque le grité bajito, para dejar en el aire mi compromiso. Pero ella, alegre, con sus pelos cortos y mojados, me decía adiós con la mano, y me repetía, ¡acuérdate, los domingos, todos los domingos!

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Silvio en el patio de mi casa

Micro X. El lugar donde vivo hace 20 años y que todos me critican porque está lejos porque está feo porque uno se pierde porque es aburrido porque es de la chusma. Porque, como me dijo un día un amigo, las mujeres andan en bajichupas y shores más debajo de las caderas enseñando la barriga llena de estrías.

No estoy aquí para defenderlo porque todo eso es verdad.

Estoy para jactarme por primera vez de mi zona, la última de Alamar.

El domingo 9 de septiembre, Silvio tocó en la total oscuridad de la noche, justo en la callecita por donde no pasan carros que está antes de llegar a mi casa.

Usualmente, cuando en Micro X hay apagón empieza una fiesta a ritmo de lo  primero que aparezca: una cazuela, un palo, pleno pulmón… Debo confesar que esas “bullas” que mis vecinos arman me resultan insoportables. Pero el domingo no me importó. Se fue de pronto la luz y la amenaza de que se acabara la fiesta que no había empezado desapareció con otra, rápida e improvisada, encabezada por Raciel, que agitaba con las manos y cantaba mientras los demás lo aplaudían y le hacían el coro. Y yo nada más me decía “ojalá y esté Silvio allá atrás escuchando esto”.

Raciel, que estudió conmigo en la primaria y secundaria, es uno de los tantos de mi vecindario al que le guardo mis reticencias porque gritan, se fajan, se la pasan intercambiando malas palabras de un edificio a otro, me hartan con el reggaetón altísimo las veinticuatro horas del día, me despiertan en la madrugada con el escándalo de sus “bonches”. Y encima me ven como un bicho raro porque siempre estoy dentro de mi casa, nunca hablo con nadie, y además, no he parido.

De hecho, mi madre me crió de la puerta para adentro, como se dice, y debo admitir que nunca, nunca nunca en 20 años, había compartido con ellos.

Verlos, estar allí en el mismo espacio físico que es nada más y nada menos que nuestro espacio, escuchar y canturrear canciones hermosas… Una de las pocas veces que me he sentido parte del lugar, vamos, que me he sentido gente de zona, de mi zona.

Allí estaban todos: Margarita, la filósofa del barrio; Marlen, la que me cocina los frijoles cuando mi mamá no está; Roeme el carpintero; Fabio, el niño más travieso en hombros de su abuelo Rubén; Yoena, que estudió conmigo en la secundaria, con su niña de cuatro años; Adrián, mi amigo del técnico, que hace tiempo no veía a pesar de vivir tan cerca…

Y también estaba David, arriba, en el escenario. David de Ovni y todo el mundo estalló. Ovni es un grupo de rap de hace varios años que también se manifiesta a través del graffiti como parte de la cultura hip hop. David es un muchacho exótico en el Hueco (conjunto de cinco edificios en círculo que tiene en medio una plaza, sitio exacto donde vivo), con el que había que “tener cuidado” porque formaba parte de una supuesta organización política-religiosa subversiva. Palabras de la delegada en una reunión del CDR. Yo no sé hasta qué punto esto es real. Solo sé que lo que he visto: filmar video-clips en las azoteas de los edificios y graffitear las paredes de Alamar.

El domingo estaba allá arriba subido, súper contento de poder tocar a unos metros de su casa. Hubo un momento en que cantó a capella y todo era silencio. El silencio del respeto.

Silvio quería que David tocara y tocó. Gracias Silvio.

Gracias también Silvio por devolvernos la luz –literalmente-. Justo cuando sacaba a guitarra y voz El reparador de sueños, se escuchó un griterío familiar, el mismo de cuando llega la corriente y se encienden los televisores y las ventanas de los apartamentos.

Por supuesto que la luz, la corriente, vino otra vez y se fue otra vez y vino otra vez, y así. Pero Silvio no paró. Ahora leo la crónica de Mónica Rivero y me entero de que Silvio llegó y ante el apagón dijo que sí, que concierto sí había. Y si me entero de la actitud de Silvio aquí y ahora es porque estuve todo el tiempo del otro lado, emocionada, esperando, ajena a los apuros e improvisaciones de los organizadores, conversando con los amigos… Igual que el resto.