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Estudiar desde la honestidad, la mejor manera de ser cultos y libres

Tomado de Chiringa de Cuba, un post viejo (del 2012) que encontré y que sigue siendo válido.

Por Rosa R. Cubela, especial para “La Chiringa de Cuba”

Está terminando el curso escolar y se me ocurre reflexionar sobre cierto tema que desde hace algún tiempo viene preocupando a muchos; el desenlace de la educación en Cuba. Hablar de educación en nuestro país según mi amigo y casi hijo adoptivo Carlos Alberto, es un problema delicado y engorroso. Ciertamente tengo que darle la razón, más aún si la tendencia casi generalizada es la de tratar temas de los que nadie quiere hablar.

No es secreto que entre los mayores logros de la Revolución Cubana está la salud, el deporte cubano y la educación, la que es obligatoria hasta el 9no grado, laica y gratuita; y que indudablemente tiene sus mecanismos creados para que funcione de tal manera. Pero como todo también ha tenido sus momentos de flaqueza, pues “no vivimos en una sociedad perfecta”, algo triste y bochornoso está empañando nuestra educación, que como muchos  sectores está entrando en terrenos de corrupción e inmoralidades, tema que el Estado y el propio Ministerio que le compete deberían comenzar a atender urgentemente pues de lo contrario corremos el peligroso riesgo de caer en un abismo sin fondo; algo verdaderamente lamentable luego de tanto éxito cosechado en este campo.

Recientemente una joven amiga argentina me explicaba que su segundo “trabajo en negro” (por la izquierda) era el de repasadora. Me comentaba también que en su país la educación es muy mala, que los maestros siempre están en el paro (sin trabajo), y que además su formación es malísima; que escriben con faltas de ortografías  y… aunque no se lo dije sentí vergüenza.

Pero acá en Cuba llevamos años formando “profesores emergentes”, graduándolos de licenciados con errores no solo de ortografía, y todo por la maldita prisa y la necesidad de llenar el aula. Esperemos entonces que próximamente el Instituto Enrique José Varona vuelva a recobrar su reconocido sello de calidad, puesto que queda ya solamente un 5to año de ese tipo de profesores en formación.

Mi generación afrontó el mal de promocionar estudiantes sin mediar  dinero ni beneficios. ¿Qué si era malo? Por supuesto que  sí, extremadamente malo; pero hoy ocurre algo peor que alimentamos con la complicidad del silencio, y son las tendencias a comprar notas y a vender servicios en educación. En mis tiempos de estudiante una prueba filtrada era sinónimo de que alguien tenía que responder ante la justicia; sin embargo ahora todos los cursos se filtran los exámenes, luego se cambian los temarios, y al final los perjudicados son los alumnos “que no vieron la prueba”, pues el rigor de este nuevo examen generalmente sobrepasa la media general.

Otras tendencias negligentes empañan la educación y analizarlo sería caer nuevamente en la pérdida de valores. La crisis económica por ejemplo, al parecer, ha convertido a los oportunistas en cazadores  inescrupulosos, pensando  en el beneficio y no en el sacrificio, en la apatía. Si muchos son dignos de estar en un aula, otros son perjudiciales teniendo en cuenta que caen en la falta de respeto, las malas clases o simplemente ninguna, y luego rellenan un registro de evaluaciones como les viene en ganas afectando el índice académico del estudiante que realmente está optando por una carrera universitaria, ese que ha asistido diariamente a su escuela sufriendo los atropellos de los choferes, la escasez del dinero, los repasos particulares para poder aprobar o elevar las calificaciones, y hasta el tener que repetir todo un año completo cada una de las asignaturas por el hecho de haber desaprobado solo una, algunos casos incluso por el estrecho margen de 4 o 5 puntos. ¿Por qué se ha desechado la práctica de arrastrar una asignatura? Si analizamos objetivamente el beneficio es compartido entre el alumno, el Estado, y el padre que está costeando durante un largo y difícil curso escolar todos los gastos de su hijo. Que en Argentina haya repasadores no me sorprende; pero que en Cuba se haya establecido como norma regular, me desagrada.

En fin, para no seguir adentrándonos en ese escabroso camino que hoy en día resulta ser el sistema de educacional en nuestro país, y al mismo tiempo para que no se empañen todos los logros ciertos y palpables que todos conocemos de esta esfera, entre los que se destacan las conocidas escuelas especiales, de oficio, y la inmensa red de universidades que tenemos a lo largo y ancho de todo el país. Creo además, que es tiempo de tomar plena conciencia sobre este asunto y poner freno urgentemente a quienes compran notas, a quienes venden exámenes, a “los compromisos con cierto y determinados padres” devenidos en una clase social pudiente, porque en mi país la educación no distingue clases ni prioridades sino que el principio siempre ha sido y debe ser la igualdad. Enseñémosles entonces a esa generación que transita hoy por la enseñanza media, tecnológica y universitaria, que estudiar desde la honestidad es la mejor manera de ser cultos y enteramente libres.

 


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Algunas problemáticas del sistema de educación en Cuba

con aportes de Arianna Ceballo

Recientemente se ha anunciado una reforma en el actual sistema de educación cubana, que responde en parte al proceso de actualizaciones que transita hoy nuestro país. Reforma que espero se enfoque en las principales problemáticas de la enseñanza en todos sus niveles, y no se estanque en la superficialidad de algunos cambios aislados, desarticulados e incoherentes.

Por problemáticas tenemos en primer lugar -y hablo desde mi cortísima pero no pobre experiencia como profesora de un técnico medio- la estrechez en las concepciones en torno a qué es y cómo debe ser la educación. Por ella se entiende, creo que equivocadamente, emitir clases y conferencias desde la posición verticalista de profesor dominante, omitiendo cualquier relación horizontal de retroalimentación entre profesores y alumnos; o sea, partir de la premisa de que vamos a enseñar no a que nos enseñen. Nosotros les “abrimos” el mundo de la literatura, pero nunca les preguntamos qué leen, cuáles son sus acercamientos, motivos, preferencias, etc. Nunca investigamos –uso plural de modestia, pero en realidad me excluyo- cuáles son las tendencias actuales de la lectura en los jóvenes preuniversitarios. Y de aquí se deriva otra cuestión: la obsolescencia de algunos programas. Por ejemplo, en la asignatura español-literatura se imparten los clásicos de esa materia: La Ilíada, Don Quijote, Romeo y Julieta, La casa de Bernarda Alba, El reino de este mundo… Sin embargo, no se imparte nada de literatura contemporánea, y me refiero a la de ahora, la del siglo XXI, que refleja inquietudes más propias y cercanas al contexto actual, lo cual facilita la inmediata identificación del joven con lo que está leyendo y, por tanto, con su acontecer. Otro ejemplo, tuve la oportunidad de llevar a un grupo de niños a la pasada Feria Internacional del Libro. Sus compras se limitaban, en algunos de ellos, a libros “para la escuela”, “para hacer los trabajos prácticos”. Y eso creo que es resultado del desconocimiento de los propios profesores, que no les permite orientar a sus alumnos en función de la lectura como entretenimiento y placer, más que en función de la búsqueda de informaciones y conocimientos.

Otra de las premisas erróneas es creer que los alumnos son deformaciones de otros niveles y (mal) actuar en función de ello. Ejemplo: una profesora de español-literatura me explicaba que los estudiantes venían ya con deficiencias desde la secundaria que a su vez arrastraban desde la primaria. Y aunque concuerdo en este punto, no comparto su absolutismo, pues ella –y así muchos otros- nunca se planteó la posibilidad de que los alumnos hubiesen apre(h)endido “aunque sea algo, alguito”; por tanto, había que empezar todo desde el principio, es decir, desde la gramática básica de sujeto y predicado, el uso de la s, c, z, v, b y todo el abecedario. Entiendo los errores garrafales que se cometen incluso en la universidad, pero no creo que la metodología de la repetición funcione. De hecho, si no funcionó anteriormente, ¿por qué volver a asumirla?

La repetición de contenidos es uno de las problemáticas principales, que desgasta tanto al alumno como al profesor. Sucede igualmente en el programa de la asignatura Historia de Cuba. Se imparte en sexto, noveno, onceno y duodécimo grado; repitiéndose, repitiéndose y repitiéndose. Para que no se me malinterprete, debo explicitar que no menosprecio la asignatura; por el contrario, la defiendo siempre que esté en función de la conformación de nuestras identidades y la comprensión de nuestras realidades –perdón cacofonía-, y no de la mera reproducción de hechos, valoraciones y fechas.

Ante una prueba de Historia, los estudiantes sienten que deben aprendérselo todo de memoria, con exactitud y precisión en los datos. Esto argumenta la idea de que no se apunta al análisis de las causas y consecuencias, al entendimiento de los hechos como procesos y no como situaciones de un día o unos años, a la capacidad de los alumnos para generar sus conclusiones. En fin, se está lastrando la cultura del pensamiento propio; y luego nos preocupamos porque los jóvenes padece de incultura y descompromiso. Si no los educamos dentro de la concepción de que hay que cuestionárselo todo, incluso a uno mismo, no lograremos que analicen el pasado en función del presente y futuro, que se apropien de los usos nietzschianos -¿o nietzschiences?- de la Historia, que la utilicen en pos del cambio y la transformación de la realidad actual.

Igualmente respecto a esta asignatura, y ya por último, traigo una anécdota. El día que les leí en clase poemas de La pupila insomne, de Rubén Martínez Villena, una alumna me preguntó por qué en Historia no decían que el de la Protesta de los Trece escribía poesías tan lindas. La humanización de las figuras históricas no se contempla en el programa. Martí no sufrió la separación de su hijo ni Mella tuvo una de las relaciones de amor más hermosas con su Tina.

Otra de las asignaturas que me incomoda es la Educación cívica que se imparte en quinto grado, y que efectivamente se dedica al estudio de valores morales y comportamientos. Pero hasta ahí las clases, porque de quinto no pasa. Y después nos alarmamos por la crisis de valores.

La educación cívica debería enfocarse en construir una cultura del derecho, de conocimiento de las legislaciones y del aparato gubernamental, para los niveles secundario y preuniversitario, porque ¿qué joven conoce cómo se estructura nuestro Estado y cuáles son las leyes que lo rigen? ¿qué joven conoce la Constitución, el Código de familia, el Código de la niñez y la adolescencia?

De la enseñanza artística ni hablar. No me refiero a la especializada sino a la básica la secundaria, pues en la primaria he encontrado buenas experiencias, sobre todo en las teleclases. Y aquí entra otro problema, la limitación de esta enseñanza a esos niveles, como si la apreciación del arte no fuera objeto de interés o peor, no fuera objetivo a lograr en los jóvenes preuniversitarios. Muchos de ellos no han puesto un pie en el Museo Nacional de Bellas Artes, por mencionar un espacio, y eso es responsabilidad también de los maestros que no lo incentivan, que se acomodan en las diapositivas y quizá ahora en la producción en serie de Artex.

Entonces nos preguntamos, tal como Lisardo García, vocero del MINED, el “por qué si las asignaturas de Humanidades son las que reciben más horas-clase, el pensamiento humanístico de los estudiantes es tan primario, y por qué existen entonces tantas deficiencias en la cultura artística y ciudadana”. Las respuestas están en parte planteadas. Esperemos entonces a ver de qué va la reforma.


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Viaje al centro de nosotros mismos

el educador popular es...Yo quería esperar a llegar a casa para sentarme a escribir esto. Son las seis de la mañana y no he dormido. En la litera de al lado tengo a alguien que intenta igualmente no dormirse, alguien que tenia cerca, ahí mismo, en la facultad, y nunca nos habíamos acercado. Por esas tantas razones que no vale la pena explicar.
Son las seis de la mañana y creo que nos hemos propuesto no dormir, pero estamos todos dormidos. Incluso yo que estoy escribiendo. Ha sido una semana riquísima, genial, intensa, agotadora, exprime-neuronas y, mas que todo, divertida.
Ha sido una semana, cinco días para ser mas exactos, y no me siento educadora popular. No puedo decir que ya, desde ahora, a partir de hoy, lo soy. Pero creo que, de alguna manera, en instantes inconscientes, lo fui. El dia que mis niños se dieron cuenta por qué la gente echaba la basura al Malecón, que uno de mis alumnos del técnico me texteó diciéndome que se había comprado un libro, los dias que cambié los turno de español literatura por uno de educación sexual, porque era también necesario e interesante, los días que iba cargada de libros a la escuela para compartirlos con los estudiantes, que muy pocos atendían o entendían, pero que uno sí, había uno que sí le gustaba que le leyera esos libros. Fui educadora popular cuando comprendí de que solo por ese valía la pena seguirlos cargando.
Hemos hablado de compromiso, de responsabilidad, integridad, entrega, sinceridad. Y no digo como categorías abstractas, porque lo que hablábamos se iba concretando en nosotros mismos.
Fuimos nuestros propios sujetos y objetos, nuestros propios observantes y observados, nuestros propios creadores activos, emancipados, dominados dominadores –y viceversa-; capaces de cuestionar e idear para hacer muchos algos que nacen de muchas inquietudes comunes. Yo le pondría algo así como, aunque suene cheo y cursi, un viaje al centro de nosotros mismos.
Hay tanto sobre que hablar de aquí en adelante, pero debo admitirlo, me muero de sueño y luchando por no dormirme, escribo porque mañana me voy y necesito esto, escribir desde aquí, desde el cuarto quince del Martin Luther King, desde dentro.


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Instatáneas del técnico

La profesora de buena fe se presenta delante en el matutino -acto digno de admiración por valentía- y comienza a elaborar un discurso sobre la importancia de la protección del medio ambiente. Cien muchachos de 15, 16 y 17 años no tienen ni que fingir que no la escuchan, porque el resto del claustro tampoco lo hace.

La directora se pasea con un palo en la mano por los pasillos, si siente algarabía, entra al aula y da con el palo sobre una mesa. Todo el mundo salta, incluida yo, la profesora, que tengo que esperar a que termine de dar con el palo en la mesa, suelte su sermón-para-nada y me deje continuar la clase sin pedir siquiera disculpas por la interrupción.

El profesor pepillo -celular en mano, gargantilla de oro, súperhebilla en el cinto- entra al aula mientras hablo de Sor Juana Inés. No pide permiso, solo entra, se dirije a la última mesa donde se sienta la alumna pepilla -cara, cartera y zapatos bonitos- y le pide que por favor le preste su teléfono. Ella le dice que para qué lo quiere. Él que para llamar rapidito, ella que no invente tanto, y yo que si él no entiende que estoy en clase. Se encoge de hombros y sale. Al minuto, se arrima a la ventana e insiste.

La profesora de guardia viene y me regaña -parezco una alumna más- y me grita desde el otro extremo del pasillo que porqué dejé salir a los muchachos quince minutos antes de que acabara el turno. Porque ya terminé, y no tiene sentido dejarlos alborotando hasta que suene el timbre. Pues ahora vas corriendo pa´ la dirección y se lo dices tú mismitica a la directora, que no voy a ser yo quien pague tus platos por soltarlos temprano, que es contra el reglamento. Está bien, yo voy. Y me dirijo a la oficina principal, pero está vacía.

Una hora después, la misma profesora se acerca despacio, habla bajito y me pide que suelte a los muchachos ya (es otro grupo), que son las cinco de la tarde y ellos viven lejos, imagínate.

Pobrecita, está de guardia, y está obligada a ser la última en abandonar el centro.


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Decepción de profesora

Hace un par de meses terminé mi año de experiencia como profesora de Español-Literatura en un técnico medio de Informática, Gestión Documental y Secretaría, en pleno Centro Habana. Creo que ya es hora de hablar de ello.

Entré con la ilusión romántica de enseñar Literatura, de recomendar libros adecuados a mis alumnos de 15 años, de crearles una conciencia en torno al hombre y su contexto, de mostrarle períodos de nuestra historia post-revolucionaria que ellos no conocen (los sesenta, quinquenio gris, período especial). Decidí, bajo mi responsabilidad y sin comunicarlo a la cátedra de la asignatura, salirme un poco de la literatura clásica del programa (La Ilíada, Decamerón, Don Quijote, Romeo y Julieta, Tartufo) y leí en clase pasajes de No hay que llorar, de Arístides Vega Chapú, de Canción de amor en tierra extraña, de Guillermo Rodríguez Rivera, de la antología Tejidos, de Eduardo Galeano, crónicas de blogueros de la Facultad de Comunicación, algunos poemas de Alexis Díaz Pimienta,  y otros tantos de Rubén Martínez Villena.

Al final del curso, hice algo así como un PNI (Positivo, negativo, interesante). Los resultados se resumen en esta frase:
“La profesora habla y lee mucho en clase, eso aburre.”