musaraña


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Ciclo

Concierto-de-Liuba-María-Hevia1

Esta casa tú la habitas… Comienza Liuba a cantar lenta, pausada, como si quisiera recorrer los 30 años de vida artística que cumple en esa sola canción y no en todo un concierto de dos horas. Esa canción, precisamente esa canción, la imprescindible, como mismo ella dijera, con la que me levanto cada día de frente al Malecón que tengo desde mi ventana.

Estás rondando mi puerta… Los fantasmas de Liuba merodean por sobre el escenario, algunos tan visibles como los bailarines, otros transparentes, que se divierten recorriendo cada asiento, hasta llegar a mí, hasta hacerme llorar por esos fantasmas que me habitan y los que me habitarán; por los fantasmas que Liuba hoy trae en esas fotos hermosas: Ada Elba y Teresita.

Cuando escapas de los labios, en un beso que te esconde… Liuba empieza con sus cuentos de siempre, esas palabras que entre canción y canción no pueden faltar para ella. Una suerte de conversación increíblemente íntima con todo un teatro. Y me parece que me habla solamente a mí, que se desahoga nada más que conmigo, que soy yo quien, sola, la escucha. Tiene la voz quebrada, demasiada melancolía en medio de tanto andar de relojes, demasiadas cosas de sus tantas vidas que le pasan por los recuerdos en estos momentos a Liuba, y le llegan a la garganta débiles, sin fuerzas.

Di qué hacer con la belleza de esta hora…  Ha logrado recomponerse. Después de un par de temas, los fantasmas la han desposeído un poco y se le siente más liviana, más alegre. Una alegría de esas profundamente extrañas. Otra Liuba ha ocupado puesto a la derecha o la izquierda –da igual- de sus dos guitarras. Y entonces salen Como un duende, Algo y un popurrí de tres S: Serrat, Sabina y Silvio.

Dónde dibujar tu risa… Aparecen en el escenario un Pancho Amat para llevarnos por la Travesía mágica, y sé, aunque casi no se escucha, que el Karl Marx susurra cómplice, sueño de las ocho de la noche, dulce calabacita. Suena entonces Ausencia, la reconozco tarde, y me da por canturrear en nombre de todos mis ausentes.

Cómo esconder que le faltas a esta guitarra que sabe de duendes y madrugadas…  Liuba regresa y sigue, se enreda con la guitarra y nos divierte diciéndonos que son como ollas arroceras modernas, que Teresita decía que el mejor arroz se cocina con carbón. El arroz al carbón tiene el sabor de la leña quemada, del humo “tufado”, y de la playa de Canasí extendiéndose más allá del campamento. Este concierto ha sido un transportarme a cada rato, a veces cerca, las más de las veces lejos, a cada una mis tantos momentos de mi única vida.

Para qué soñar mañanas… Cuando aplaudir no es suficiente para agradecer, uno se levanta. Pero cuando levantarse tampoco es suficiente, uno no sabe qué hacer. Si gritar o correr al escenario o esperar algún día a encontrarse a Liuba por la calle y entonces quedársele mirando y que ella entienda. En lo que sucede el encuentro causal, mi agradecimiento es escribirle esto. En lo que pienso mi post, veo que regresa por sobre la pasarela a cantar el último tema, la última canción. Esta casa tú la habitas… Y empieza todo de nuevo. El tiempo da vueltas, como dice Ursula. Las cosas se suceden y se continúan, se dan paso ellas mismas a otras cosas. Se repiten a veces iguales, otras transmutadas, pero siempre se repiten hasta completar un todo de 360 grados.

Si me falta tu sonrisa… Creo, Liuba, que has cerrado un ciclo.