musaraña


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Leyenda mapuche


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Una de las más antiguas leyendas mapuches relacionadas con el origen de la naturaleza y el hombre cuenta que en el principio no existía nada en la Tierra. En el aire vivía un espíritu poderoso junto a otros más débiles. Un grupo de estos últimos se rebeló, y el poderoso los convirtió en piedras; puso sus pies sobre ellas y al partirse se formaron las montañas, los cerros. Algunos espíritus que sobrevivieron y mostraron su arrepentimiento, salieron de las piedras en forma de humo y llama volcánicas. Los más arrepentidos llegaron al cielo y se convirtieron en estrellas. El llanto de su arrepentimiento fue el origen de la lluvia. El espíritu poderoso miró la Tierra y la encontró triste; entonces  tomó un hijo suyo y lo convirtió en hombre que, al caer, perdió el sentido. La madre del espíritu-hombre quiso ver a su hijo, y abrió en el cielo una ventana: la luna. El espíritu poderoso vio solo al hombre y transformó una estrella en mujer para que le hiciera compañía. Luego, para que la mujer no se lastimara al caminar por la Tierra, el poderoso hizo nacer a su paso las hierbas y las flores, que, al ser tocadas por ella, se convertirían en selvas, aves y mariposas. El espíritu poderoso lo miraba todo por una ventana: el sol.

Tomado del libro Aprendiz de América, de Ernesto Sierra, Editorial Arte y Literatura, 2012.

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Latinoamérica multiplicada

latinoamerica

Procura tú que tus coplas vayan al pueblo a parar, aunque dejen de ser tuyas para ser de los demás. Que al volcar el corazón en el alma popular, lo que se pierde de fama, se gana de eternidad. 

Atahualpa Yupanki, Coplas de baguala.

¿Existe, a las alturas del siglo XXI, una (nueva) literatura latinoamericana? Lanzó la pregunta Susana Haug, en su rol de moderadora, al panel “testosterónico” –como ella misma anunciara- conformado por Alejandro Zambra (Chile), Santiago Gamboa (Colombia), Ezio Neyra (Perú) y Diego Lombardi (Argentina). A lo que respondió el colombiano que sí, pero como mera etiqueta comercial, estrategia de marketing post-boom: “la literatura en español no es una sola, sino más bien rica en cuanto a sus diferencias; pero cuando es vista desde fuera hace que esas especificidades se reduzcan y pierdan”.

Desde lejos, América Latina parece un todo indivisible, un pedazo de tierra continental enorme y afronterizo. Desde dentro, la diversidad de realidades no ya por países, sino por regiones, la delata. Andina, amazónica, patagónica y desértica: América Latina es múltiple.

Incluso si se quiere ir más allá, según Neyra, “hay una serie de literaturas peruanas, argentinas, chilenas… Estamos en una etapa en la cual lo importante no son los grupos, manifiestos o las motivaciones grupales para defender cierto proyecto en común, sino más bien lo individual, lo que tiene uno mismo que mostrar como escritor”. Y agregó: “Pasa que existe por parte de las editoriales, agentes literarios y medios de prensa, el deseo de encontrar un nuevo boom latinoamericano. Pasa además que el mercado está demandando desde el extranjero cierto tipo de novela, que se supone trate del narco en caso de México o de violencia en Perú”. Desde el otro lado de la mesa, Zambra contestó que “el escritor que piense demasiado en sus lectores está jodido, pues la literatura que funciona desde la lógica comercial y no artística no existe”.

Desde lejos, América Latina es telar colorido con hilos de estambre, bolsitos “putumayas”, sombreritos de bombín y jipijapa. Desde cerca… a saber cómo es desde cerca. La búsqueda de identidad, según la Haug, se ha convertido para los narradores del continente en una sempiterna obsesión; problema que según el propio Zambra declaró, no resuelve la literatura, sino más bien lo revuelve, lo confirma.

Las cuestiones discutidas -la identitaria, del mercado, el lector, el editor, el librero- resultan en realidad elementos circunstanciales que llegan después de ese momento frente a la página en blanco. La hora en que según Lombardi no siente ningún temor o desafío; y que a decir de Gamboa solo es satisfactoria si logra escribir algo bueno para sí mismo o quizá “para el mundo que nunca me escribió” -como dijera una vez Emily Dickinson -. La hora en la que América Latina se hace, una vez más, múltiple.