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Proelectrónica cada vez más… mejor

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Acabo de enterarme de la cuarta edición del Festival Proelectrónica, a celebrarse del 3 al 5 de julio, y no puedo más que alegrarme muchísimo porque ¡al fin! Proelectrónica asume el rol no ya de festival fiestero que en sus inicios fue, sino que se consolida como evento, el único en Cuba, donde el protagonismo de la música electrónica transita desde lo bailable hasta lo teórico, extremos bien opuestos.

Proelectrónica viene a retomar ese espacio perdido, nostálgicamente extrañado, que fue Rotilla; y que más allá de lo sucedido, nos dejó una sensación de dispersión, de no tener dónde encontrarnos, dónde reunirnos para hacer lo que nos gusta: escuchar música electrónica así, porque sí, durante tres días, dejarse llevar, transportar por la sonoridad del ambiente y el agua salada de mar.

A la primera edición de Proelectrónica, la verdad, no recuerdo haber asistido. A la segunda sí. Fue en el Salón Rosado de la Tropical, sede del evento, y estuve más atenta a la presentación de I.A. –dúo que descubría por entonces- que a cualquier otro asunto. El Salón estaba, como se dice en buen cubano, “a full”, y se respiraba buen ambiente de fiesta. Solo eso. O solo recuerdo eso.

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El año pasado, me enteré gracias a la lista de correos del Laboratorio Nacional de Música Electroacústica de la tercera edición. Esta vez con dos momentos: uno dedicado a la música electrónica experimental y otro a la vertiente más popular. El primero, más interesante por ser la primera vez que se realizaba, se celebró en la Asociación Ludwing de Cuba, invitación mediante. Yo, que no tenía invitación, esperé dos horas para entrar. Cuando logré subir, me impactó la escena: un apartamento del Vedado, con un balcón anchísimo donde estaban ubicados los Djs de turno. Todo muy “social” –pronúnciese en inglés, por favor-, todo muy de élite. Aunque me pareció genial la idea, no dejo de pensar que parte de la culpa de la insuficiente cultura en torno a esta música viene de la propia automarginación. Si queremos que exista un público –que siempre constituirá una minoría, lo cual que no me parece aberrado- que aprecie desde el minimal, el ambient hasta el techno, debemos darle, precisamente, la opción del minimal y el ambient, por poner un ejemplo. De abrir aun más los espacios, de eso se trata.

Con esto no inculpo otros eventos, como Espacio Sonoro, con sede en la sala Manuel Galich de Casa de las Américas, abiertos al público, sí, pero con tan escasa promoción que solo logran reunirse los de siempre, profesores y compositores de la Cátedra Carlos Fariñas del ISA y del LNME.

Por suerte para este año, Proelectrónica promete un programa que incluye debates y encuentros teóricos sobre un aspecto fundamental que ha entorpecido el desarrollo de la electrónica en Cuba: la cuestión legal de la producción y distribución. Y devuelve además ese momento especial, casi como un viaje, que es el disfrute de la variante que se dice experimental, y que suena como a levitación, si es que la levitación tiene sonido.

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Acordes desde Sonia


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Sonia Jacobsen se describió a sí misma con cabello largo atado en cola de caballo para que pudiéramos reconocerla en el patio del Hotel Nacional de Cuba. Su tercera estancia en el país tuvo como motivo colaborar, en su rol de compositora, en el concierto Entre electroacústica y acústica, celebrado en la tarde del pasado domingo en la sala Ignacio Cervantes.

Con la salsa, todo empezó con la salsa, el interés por la música cubana, los elementos y sonoridades que la conforman, sus orígenes, con esa mezcla de africano y europeo que me pareció esencial para la historia de la música latina, y la historia de la música en general. Así que tomé la Isla como punto de partida, y llegué aquí con la intención de explorar la música cubana, de analizar sus componentes, y ver cuáles de ellos pueden rastrearse para llegar a sus raíces.

En ese primer viaje conocí por casualidad a Marita Rodríguez, profesora del Instituto Superior de Arte (ISA). Ella estaba interesada en una nueva música, algo que sonara diferente; así que le dije ok, está bien, te enviaré mi música. Se la envié y sí, le gustó mucho. Fue cuando me propuso hacer algo, un concierto o una grabación, quizá. Y con esa intención regresé el año pasado, con una amiga de Suiza, Michéle Rusconi, también compositora, para ver cómo podríamos lograrlo; hasta que finalmente se organizó este concierto, en conjunto con el Laboratorio Nacional de Música Electroacústica (LNME), con un programa bien interesante que combina piezas de música acústica y electroacústica.

El trabajar con músicos cubanos me brindó la posibilidad de notar ciertas diferencias con los músicos de Nueva York, a los que estoy más acostumbrada. Los de aquí tienen mucho de tocar desde dentro, apasionadamente. Y la cultura musical que tienen, de ritmos muy fuertes, les permite entender mejor mi música, que tiene cierta influencia del este europeo, al igual que muchos de los músicos cubanos que estudiaron en el extranjero.

Ya estando aquí he podido mantenerme más en contacto con las sonoridades cubanas, la timba, la rumba, el danzón y el son, que lo escuchas por todas partes, el jazz… Sucede que los jazzistas cubanos suenan justo como los mejores jazzistas de Nueva York, porque tienen un intercambio desde el exterior que les permite estar muy empapados con lo que se hace hoy a nivel mundial en materia de jazz. Sin embargo, no ocurre igual con la música clásica. Ellos se encuentran aun expuestos a la enseñanza tradicional -especialmente la escuela rusa- lo cual está genial, pero no es de los últimos cincuenta años.

En cuanto a la timba tuve una experiencia interesante. Antes de conocer Cuba, no lograba entenderla muy bien, no lograba apreciarla. Me interesaba más la salsa. Y así les ocurre aun a unos cuantos bailadores y seguidores de la salsa, que no pueden cogerle el gusto a la timba. Creo que la razón de ello es que, en primera instancia, la timba tiene un ritmo más oscuro, es más difícil de escuchar y bailar, comparada con la salsa tradicional de Colombia, Puerto Rico, etc. Asimismo, en sus inicios la timba tenía cierto parecido con la salsa electrónica, empleaba sonidos sintetizados y guitarra eléctrica. No era como la salsa tradicional que hacen los cubanos en Nueva York, que intenta ser más auténtica. La timba de Cuba es en parte opuesta a esa tradición. Luego, cuando llegué aquí, tuve un momento de giro al escuchar músicos cubanos tocándola en vivo: ¡ah, de eso es que va la timba!

Respecto a la música electroacústica… me encuentro ahora en una etapa exploratoria, incluyendo la obra de Juan Blanco, pues esa en realidad no es mi área. Mi música es una especie de mezcla entre el jazz, la música clásica y música del mundo; pues ahora pueden combinarse varios elementos y dirigir la música hacia donde uno, el creador, desee, sin poner en riesgo el producto o el arte.

A los músicos jóvenes de aquí les gustó mucho mi trabajo. Creo que de alguna manera se sienten muy identificados con mi música, que sin ser demasiado vanguardista incorpora mucho ritmo y energía: una especie de  música seria para gente joven. Me preguntaron si podía volver a colaborar con ellos, así que les estoy escribiendo una pieza específica, para otro concierto en conjunto con el Laboratorio, que se realizará en diciembre, quizá.

Actualmente combino el ejercicio de compositora con el de profesora de música latina en la Universidad de Carolina del Sur. La composición, no creas, tiene sus altibajos. Así que también hago de directora, aunque no me considere como tal. Antes solía tocar el saxofón, pero ya no.

-¿Y no extraña la interpretación?

-No exactamente. La vida del jazzista resulta ser demasiado dura a veces.

(Tomado de OnCuba magazine)


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Descubriendo nuevas propuestas: Resak

rezakAún padeciendo de un mal inconfesable –tener el oído cuadrado-, vuelvo una y otra vez a la música electrónica, en vagos intentos de recoger y sistematizar para los que vienen atrás, los que vienen conmigo (no lo digo yo, lo dijeron Calle 13 y Nietzsche).

Mi oído cuadro, pero bien alerta, me guió por toda la casa buscando el sonido. Eran las siete y media de la noche y, de pura casualidad, teníamos sintonizado el Canal Educativo 2.

Recién empezaba el programa Paréntesis, con su conductora –que por cierto no se podía despegar del papel para hacer las preguntas y dialogar normalmente- y dos jóvenes avileños, Oliver Ortiz y Armando Quintana, integrantes del dúo Resak.

Lo que intento referir en este post son las notas de la entrevista, tomadas artesanalmente a mano y haciendo uso de la taquigrafía, como en los viejos tiempos de periodista, que no viví.

Primero, Oliver y Armando tienen su formación profesional en las artes plásticas; lo cual me remite a Alexis de la O (integrante de los dúos Nacional electrónica e I.A.), y egresado del ISA en esa especialidad.

Segundo, musicalmente, suenan como minimalistas -y agrego el como por la cuestión de mi oído cuadrado y mi total desconocimiento-, con la repetición continua de iguales sonidos; algunos agudos, otros más graves, distorsionados… Desde los más soft hasta los más “duros”. Presentaron dos temas, Inglorius y otro que me perdonarán el título porque no alcancé a anotar. El primero con elementos del chill out, y el segundo más de techno; pero sin ser del todo ni uno ni otro, sino que se mezclaban con otros sonidos, produciendo una hibridación que luego ellos mismos reconocieron.

Tercero, su discurso me recuerda el discurso de I.A. Crítico, desprejuiciado, muy comprometido con la música electrónica y, sobre todo, en función de la idea, de lo que se quiere transmitir. Armando comentó, cuando le preguntaron por los requerimientos técnicos para hacer tal música que, primeramente, “tener una buena idea, ya después se utiliza el software y los aditamentos de sonido (sintetizador, grabadores, etc.)”. La tecnología en función del concepto, y no al revés.

Se refirieron también, y he aquí otro de los puntos en común con I.A., al carácter “multidimensional” y “transdisciplinar” de su propuesta, que imbrica diferentes géneros: mapping, audiovisual, danza, performance… y aclararon que “sin superar uno a los otros, sin sobreponerse”, sino todos juntos en torno a algo, again, a la idea.

E insisto en esto porque es como me decía un día Iliam (integrante de I.A.) “no te hace falta mucho, si tú lo tienes todo claro estética y conceptualmente”. Esa es la esencia. No solo para la música electrónica, es más, no solo para la música, sino para cualquier propuesta artística, política, social, económica, etc.

Oliver a su vez comentaba algo que un día referí, la concepción errónea que se tiene actualmente de esta música. Y cito: “Hay que dejar de verla como la fiesta que puede parecer, y verla más artísticamente, y al trabajo de sus productores, como carreras artísticas”.

Ante preguntas parecían resultar incómodas, respecto al respaldo de esta música en Cuba, tanto Oliver como Armando refirieron brevemente el problema de la institucionalización parcial –solo desde el LNME, la AHS y algunos centros culturales interesados-, de las valoraciones escépticas… En fin,  que volvemos sobre lo mismo: la cuestión del poco reconocimiento, aparejado al escaso conocimiento, aparejado a la insuficiente cultura. Estamos una y otra vez, lloviendo sobre mojado.


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Música electrónica en Cuba III: La cultura, el problema de base

En febrero de 2009 asistí a un concierto de Dj Wichy d´ Vedado en el Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA). Alcancé malamente puesto en lo último y más arriba de las filas del teatrico –por pequeño- del museo.
La música recuerdo era lenta. Quizá –y digo quizá porque hablo sobre la base de lo que recuerdo- un chill out o “techno de sofá”, ambient, intelligent techno… Pudo haber sido cualquiera de estos estilos. El caso es que era una música leeenta, reposada, propia de un espacio con asientos.
Lo interesante del concierto no fue tanto la propuesta de Wichy, sino los movimientos constantes y fallidos impulsados por reflejos de los jóvenes: estaban esperando que la música “rompiera”. Aquel ritmo pausado los tenía expectantes. Conclusión: la sala se fue vaciando de a poco.
¿Qué inferimos de esto? Que no están acostumbrados. Es cierto. El público cubano de la electrónica no está acostumbrado a otras propuestas que no sea la bailable –me refiero al público “neto”-. Y eso no está tan mal, porque para los jóvenes que conforman ese público la música electrónica es fiesta.
Tenemos que hablar de “no están acostumbrados” por aquellos que no son capaces de reconocer que la música electrónica es mucho más que música para bailar. Por aquellos que piensan, de entrada, que la música electrónica en Cuba no es cubana –aunque este tema es debate superado existen quienes siguen pensando así-. Por aquellos que piensan que los productores no son músicos porque no estudiaron en una academia, que piensan que los productores no componen, sino que fabrican la música. En la conferencia de Música Electrónica en Cuba, el jueves 15 de noviembre de 2012 en la Casa del Alba, un profesor de la Facultad de Artes y Letras, historiador de arte, especialmente de arte contemporáneo, decía que: “el productor no crea la música sino que la construye”. Triste. Alguien desde el arte diciendo una barbaridad como esa. Cuando hubo terminado su discurso, Alexis de la O, uno de los conferencistas –integrante de I.A. y Nacional Electrónica- le aclaró al profe: “hay productores que parten de música creada, pero hay otros que parten de cero, usando sintetizadores, que son tan válidos como un violín”.
Incluso, cuando se toma como base para la composición fragmentos de otros temas, como en el caso de los remixes, ¿quién dijo que deja de ser música creada? ¿Es entonces que en el acto del pastiche, según la concepción posmoderna, la creación no es tan ni tal creación?
Claro que el “no están acostumbrados” no es culpa de los públicos, ni de los críticos. La culpa es de las pocas y/o ineficaces estrategias que tenemos para promover una verdadera cultura en torno a la música electrónica en Cuba. Por ejemplo, el 12 de julio de 2012 se realizó un concierto, Espacio de Sonoro, de música electroacústica en Casa de las Américas. Allí fuimos poco más de veinte personas: del Laboratorio Nacional de Música Electrónica (LNME), del Instituto Superior de Arte (ISA), y algún que otro, como yo, de la órbita. Algo parecido sucedió con el concierto del pasado miércoles 28 de noviembre igualmente en Casa. Poco público y, además, el mismo.
La música electrónica en Cuba necesita un verdadero impulso, no solo a nivel de convocatorias a fiestas –Rotilla en su momento fue una verdadera estrategia, pero solo durante tres días al año-; sino también a nivel docente, no tanto para explicar como para mostrar las potencialidades de esta música y su rica gama de subgéneros o estilos. Para, precisamente, crear públicos.
Si algo nos está enseñando la filosofía de las nuevas tecnologías es que el público ya no va al producto, sino el producto al público. Entonces, ¿por qué no se aprovechan los espacios como son las facultades universitarias y sus peñas para promover y debatir sobre la música electrónica en Cuba? Facultades, Casa de la FEU, cafés literarios… Se trata de “sacar” un poco la música electrónica de su espacio por excelencia, la pista de baile, y trasladarla allí donde se pueda crear no tanto el gusto como el conocimiento.


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Música electrónica en Cuba I: Mal y rápido para ciertas referencias

Pido de favor, por las siguientes razones:

1. La música electrónica en Cuba es un tema poco difundido en los medios,

2. poco debatido públicamente,

3. que necesita de más (re)conocimiento social,

4. y de la que esta autora no puede decirlo todo porque no lo sabe todo

que:

1. ayuden con el contenido que tengan a enriquecer este trabajo,

2. se motiven a investigar más por el tema,

3. para socializar aquí o donde sea su conocimiento,

4. y que me estén pendientes por si me equivoco.

 

Con la ayuda, por supuesto, de Albita, Arianna y Kathy

Mi historia empieza en los ´90, cuando aún era una niña que no escuchaba música porque no tenía dónde, más allá de un radio, que nunca me gustó.

En las discotecas cubanas de los ´90 comenzó a escucharse por primera vez el referente más popular de la música electrónica: euro dance. Discotecas que,  asociadas a la afluencia de público extranjero, generaron todo tipo de conflictos: prostitución, proxenetismo, drogas, y otras etiquetas del mal social. He aquí el origen de la fórmula reduccionista:

música electrónica = discoteca = problemas.

Las consecuencias se traducen en prejuicios.

Claro que no ha sido solo la música electrónica quien ha sufrido esa fórmula y, por ende, sus consecuencias; pero es de la que estoy hablando.

Como dije, mi historia empieza en los ´90, pero esa es la mía. Para la historia bien contada desde el principio, con Juan Blanco, Juan Piñera, Carlos Fariñas, Edesio Alejandro y otros, pinche aquí.

Sigo, paralelamente al trabajo del Laboratorio Nacional de Música Electrónica (LNME) -que logró conferir cierto estatus a esta música-, emergía en la Isla de fines de los ´90 una cultura otra dentro de la electrónica, con jóvenes veinteañeros –los imagino estilo rebeldes sin causa- que profesaban filosofías de las fiestas rave y de los Djs como creadores de música. Jóvenes nucleados en un proyecto informal: Brigada Verde. Esta otra cultura, aunque más alejada del fenómeno de las discotecas, cargó igualmente con los prejuicios generados por ellas.

Brigada Verde se desintegró al parecer sin razones. Me cuentan pero no me explican que no duró más de un año. No obstante, quedaron las fiestas en Rotilla –luego Rotilla Festival-, y algunos Djs como Joyván, Wichy, Eddy, etc.

Pasamos a los dos mil. Entre 2003 y 2004, el LNME comenzó a “recoger” a los Djs aficionados carentes de espacio, voz y voto en la cultura cubana. Fue el principio de un trabajo colaborativo entre la electroacústica y la electrónica popular.

El LNME les brindó a los Djs no solo la posibilidad de integrarse y profesionalizarse, sino que también les ofreció una suerte de “amparo simbólico” ante las instituciones estatales: si estaban con el laboratorio no había de qué preocuparse.

Pero los Djs, a medida que fueron aprehendiendo en el LNME, fueron mucho más capaces de crear su propia música -de ahí el concepto de Dj productor- y de compartirla con públicos, más allá de los amigos, en clubes nocturnos.

El fenómeno fue creciendo bajo un manto prácticamente ilícito: el Dj trabajaba en un centro del Estado pero no tenía papeles que le permitieran establecer un contrato legal. La cuestión, por suerte, ya está superada: los Djs están reconocidos legalmente desde 2010 y pertenecen a la empresa de Música de Concierto. Sin embargo, aquella situación contribuyó al poco reconocimiento social del Dj productor –a nivel de academia- y, consigo, al escaso conocimiento de la música que estos hacen.

Hasta aquí comparto las notas que he recogido a partir de conversaciones con Djs, productores y personal del LNME. Para la segunda parte, comentaré un poco sobre las dimensiones actuales de la música electrónica popular en Cuba.