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Bichos raros

Son aquellos que escriben cuentos fantásticos, que hablan de cosas que –salvo en las teorías de la Física- no existen. Son, también, aquellos que disfrutan perderse por mundos ajenos, experimentar las sensaciones de lo imposible.

Por y para esos bichos raros está dedicada Utópica penumbra. Antología de literatura fantástica ecuatoriana (Colección Sureditores, Ediciones UNEAC), compilado por el escritor guayaquileño JD Santibáñez; quien logró reunir once cuentos de ese género que, como él mismo anuncia desde el prólogo, ha sido visto “como un género menor, el hermano feo de la literatura “de verdad”.

¿Qué hace una chica como tú en un lugar como éste?, de Solange Rodríguez, recrea un sistema, llamado ORBICOP, donde los seres humanos han quedado como raza inferior, a merced de otros seres extraños, en su propia Tierra; provocando asco y repugnancia por las bacterias que habitan sus cuerpos llenos de vida. Como Gulliver en el país de los caballos. En medio de tanta obsesión con lo limpio, a un hombre no le importa nada más que tocar a una mujer, infectarse en un ligero roce con ella.

Lo apocalíptico, ese recurso tan recurrente en la literatura fantástica, está presente en Utópica penumbra… gracias a Renata Duque, por su cuento Después. Un mundo donde todo se está extinguiendo, y a alguien le toca la (mala) suerte de vivir esa extinción, de ser inmune a ella. Un mundo donde, quizá, el hombre existió alguna vez.  

Grado Cero, de Gabriela Alemán, nos habla en primera persona de las alucinaciones “eledisíacas” de una joven, para quien las venas resultan conductos de microorganismos y sangre, y los cuerpos máquinas, y sus órganos piezas… Un personaje que cuestiona el hecho de que las locuras y visiones no formen parte de la cotidianeidad.

La crisis existencial de una célula del páncreas que pudo ser célula de la piel, del estómago o neurona, se convierte en rebelión, en el estado de experimentar, de sentirse libre para “recorrer las diferentes facetas del sistema y escoger el destino” se plantea en Elecciones, de la también guayaquileña Alexandra Dávila. Se presienten ciertas semejanzas con los movimientos sociales: cuando logra salirse, la célula ya no es célula, es virus, hay que atacarlo.

Así, del despojarse del cuerpo de uno para transportarse a otro, de lo demoníaco, fantasmagórico, repulsivo, impensable versan estos cuentos. Se recomienda entonces cuidado, que cuentos fantásticos no significan, precisamente, cuentos de fantasía.


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Latinoamérica multiplicada

latinoamerica

Procura tú que tus coplas vayan al pueblo a parar, aunque dejen de ser tuyas para ser de los demás. Que al volcar el corazón en el alma popular, lo que se pierde de fama, se gana de eternidad. 

Atahualpa Yupanki, Coplas de baguala.

¿Existe, a las alturas del siglo XXI, una (nueva) literatura latinoamericana? Lanzó la pregunta Susana Haug, en su rol de moderadora, al panel “testosterónico” –como ella misma anunciara- conformado por Alejandro Zambra (Chile), Santiago Gamboa (Colombia), Ezio Neyra (Perú) y Diego Lombardi (Argentina). A lo que respondió el colombiano que sí, pero como mera etiqueta comercial, estrategia de marketing post-boom: “la literatura en español no es una sola, sino más bien rica en cuanto a sus diferencias; pero cuando es vista desde fuera hace que esas especificidades se reduzcan y pierdan”.

Desde lejos, América Latina parece un todo indivisible, un pedazo de tierra continental enorme y afronterizo. Desde dentro, la diversidad de realidades no ya por países, sino por regiones, la delata. Andina, amazónica, patagónica y desértica: América Latina es múltiple.

Incluso si se quiere ir más allá, según Neyra, “hay una serie de literaturas peruanas, argentinas, chilenas… Estamos en una etapa en la cual lo importante no son los grupos, manifiestos o las motivaciones grupales para defender cierto proyecto en común, sino más bien lo individual, lo que tiene uno mismo que mostrar como escritor”. Y agregó: “Pasa que existe por parte de las editoriales, agentes literarios y medios de prensa, el deseo de encontrar un nuevo boom latinoamericano. Pasa además que el mercado está demandando desde el extranjero cierto tipo de novela, que se supone trate del narco en caso de México o de violencia en Perú”. Desde el otro lado de la mesa, Zambra contestó que “el escritor que piense demasiado en sus lectores está jodido, pues la literatura que funciona desde la lógica comercial y no artística no existe”.

Desde lejos, América Latina es telar colorido con hilos de estambre, bolsitos “putumayas”, sombreritos de bombín y jipijapa. Desde cerca… a saber cómo es desde cerca. La búsqueda de identidad, según la Haug, se ha convertido para los narradores del continente en una sempiterna obsesión; problema que según el propio Zambra declaró, no resuelve la literatura, sino más bien lo revuelve, lo confirma.

Las cuestiones discutidas -la identitaria, del mercado, el lector, el editor, el librero- resultan en realidad elementos circunstanciales que llegan después de ese momento frente a la página en blanco. La hora en que según Lombardi no siente ningún temor o desafío; y que a decir de Gamboa solo es satisfactoria si logra escribir algo bueno para sí mismo o quizá “para el mundo que nunca me escribió” -como dijera una vez Emily Dickinson -. La hora en la que América Latina se hace, una vez más, múltiple.  

 


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Gamboa en primera persona

Santiago GamboaSantiago Gamboa se ha sentado a la mesa de la sala Nicolás Guillén por segunda vez en esta XXIII Feria del Libro, más que a presentar su novela Plegarias Nocturnas, a charlar un poco, entre pocos, de la literatura y la vida.

Yo no me fui de Colombia a los 19 años por ninguno de los motivos que tradicionalmente mis compatriotas –por desgracia- se fueron y se tienen que ir: por la violencia o miseria. Yo me fui ayudado por mi familia a estudiar a España. No es que fuéramos ricos, pero mis padres eran profesores de la universidad pública; y nos comprendían plenamente a mí y mis hermanos. Mi padre decía que comprar un libro no era un gasto, más bien una inversión, las casas que tienen libros tienen más valor. Mi infancia, por tanto, fue muy feliz. 

Ahora ya me acerco a los cincuenta, cosa que me produce mucho gusto porque siempre fui el jovencito. Me subieron de curso varias veces, y era el que todavía no tenía la mayoría de edad. Al acercarse uno a esta época de la vida, la sonrisa de la sorpresa empieza lentamente a retraerse y aparece una elegante melancolía. En mi caso, creo, ese sentimiento está relacionado con el paso de las novelas de argumento a las novelas de personajes, que me permite entenderlos de una manera más humana y profunda, como mirar a los ojos a alguien y decirle: “yo quiero saber quién tú eres”.

Respecto a la utilidad de la literatura… Mira, hace poco leí una bonita conferencia de un compatriota mío y extraordinario escritor, William Ospina, que se titulaba La utilidad de las nubes. Ahí dice que la poesía, la literatura tiene la utilidad de las nubes, y se pregunta cuál es esa utilidad, para responderse a sí mismo con un verso de Leopoldo Lugones “y las nubes servían para mirarlas mucho”. Pues para eso también sirve la literatura, para mirarse a uno mismo desde los libros, porque demuestran que la vida propia es poca vida y multiplican esa sensación maravillosa de estar vivo.

Mis libros son sin duda una relectura que yo hago de mi propia vida -de manera ficcional porque obviamente mi vida no tiene por qué interesarle a nadie-. Lo que yo hago es usarla como elemento de herramientas para las historias que escribo, pues creo en la literatura vivencial.

Igualmente, prefiero recurrir al uso de la primera persona, porque da la sensación de que al lector le están hablando al oído. Por eso mis personajes siempre cuentan ellos su historia. A mí como novelista lo que me interesa es la voz, crear una cadenas de voces, que me parece le da una temperatura y timbre muy bonito a mis libros, los intensifica.

El periodismo, por su parte, llegó después, cuando la realidad me agarró a puñetazos al irme a vivir a París, y tuve que empezar a mantenerme y producir algo de dinero para poder vivir. Generalmente, el periodismo es una especie de beca para el escritor, pues es el único sitio donde saber escribir te produce un ingreso rápido y directo. Se hace con los mismos recursos y materia prima, pero no es igual, porque en el periodismo no puedes contar nada que no haya sucedido. Sin embargo, le enseña muchas cosas a un escritor: hay que escribir rápido y hay que acabar lo que uno escribe, por ejemplo. Pasarse diez años haciendo una novela no es un heroísmo.

Lo genial del libro es que uno puede entregarlo y salir corriendo, no estar cuando la persona lo aprueba o rechaza. Es un momento de intimidad de los lectores, y uno no está ahí, por suerte. Ahora, el sueño de todo escritor es, por supuesto, que el lector sienta ante el libro propio cosas parecidas a las que uno ha sentido leyendo otros libros que admira. Si alguien ha sentido eso conmigo, habrá valido la pena.

A propósito de su novela Plegarias Nocturnas, el periódico español El País publicó una entrevista online.