musaraña


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La noche del capitán

No hay nada que incomode más en una librería que otra persona, a tu lado, lleve alrededor de nueve minutos con un libro en la mano, hojeándolo, echándole lecturas rápidas, sin decidirse a comprarlo. A uno le entra algo, un no-sé-qué mezcla de curiosidad (¿qué tendrá el libro?) con incertidumbre (¿se lo llevará o no?), desespero (pero bueno, ¿cuándo lo suelta?) e impotencia (y que no se lo puedo quitar, coño). Hasta que él o ella cierra el libro (¡por fin!) y se va derechito a la caja de pago. O mejor, lo deja donde mismo estaba, en la tercera fila del segundo estante. O mucho mejor, lo coloca exactamente en tus manos… No hay nada que alivie más en una librería que alguien se retire y te ceda un libro.

Los pasos en la hierba. Eduardo Heras León. Edición interesante a la vista (Letras Cubanas, 2005). Lo abro inmediatamente y comienzo a “escanearlo”, de atrás hacia adelante. Algo menos de diez cuentos y, además, cortos. Justo lo que necesito en tiempos de tesis. Sigo examinando y me encuentro: “La noche del Capitán”. El título me recuerda una lejana conversación con mi tía de Lawton. No sé a qué viene eso pero no importa, sigo leyendo: Al 1er capitán Octavio Toranzo, in memoriam.

Se me aguan los ojos. Lo que son los extraños cercanos. El poder que tienen de invocar recuerdos, pasajes y emociones que no existen.

Un hombre que murió veinte años antes de que yo naciera; que vi en fotos oficiales, nunca en fotos de familia; que conocí cuando aprendí a leer gracias pequeñas biografías en viejos recortes de periódicos. Un hombre al que le debo el apellido.

De él sé cuándo y dónde nació, cómo se incorporó al ejército y cuáles fueron sus méritos una vez allí. Pero las biografías no cuentan ciertas historias: el primer encuentro con mi abuela; el momento en que conoció a mi madre y la última vez que la vio sin despedirse, sin sospechar; el hijo –mi tío- que nunca conoció.

Creo que mi tía la de Lawton lleva años buscando este libro, y yo me lo encuentro así, al descuido, un día en que decido entrar a la librería para darme el gusto porque ando con dinero. Creo que ella quiere saber cómo era. Y yo, que nunca me interesé por el tema ni me dio por preguntar, de pronto también quiero. Los extraños cercanos.

Aquí está el cuento. A mi mamá no le gustó lo que descubrió (¿confirmó?) de su padre. A mí me dio por pensar si en esa noche ya existía ella y, entonces, potencialmente yo. Ese texto construye un pedacito de mi existencia, explica mi forma miedosa de ser. En algo parece que salí a Octavio, el abuelo que registra mi inscripción de nacimiento.