musaraña


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Plis, smile

smile copy

Smile, you are in a movie. Una movie con filtro naranja, como las películas francesas, como Amélie, como Jeux d´ enfants. Como las fotos que ahora todos suben sudando fiebre a Instagram con filtros y tonos naranja falsos. Nostalgia por el pasado emulsionado de las fotografías, nostalgia por el cuarto oscuro, el tiempo, la espera, la expectativa para ver cómo ha quedado una foto, nuestra foto. Nostalgia quizá por el grano de los 35 milímetros y la cruz hecha a lápiz como aviso del corte. Nostalgia no más que inventada. Nostalgia estética.

Smile, you are in a movie. Una movie, nuestra movie, collage de los días más locos, esos en los que dices quererme y al rato no soportarme. Esos en los que me besas y me muerdes y me revisas a ver cuánto de mi carne te has llevado entre tus dientes. Y, como si nada, me vuelves a besar. Una movie de bandas sonoras como gritos, alaridos agudísimos de tu existencia esquizofrénica. Y nunca, nunca, silencio.

La mañana que comenzó esta película andábamos tarareando Pétalos de sal, a lo Leonor y Fito, sin Baires ni Madrid. La Habana. Y tú podrías darme fe…

La última tarde en que dejé esta película me sorprendiste escondida detrás de los arbolillos de G y 23, placiéndome desde mi condición de voyeur, disfrutándote, mientras Raúl Torres y David Torrens me decían al oído quién sabe si mañana tu luz con mi blues sustituyen un día al sol y el cielo…

Smile, you are in a movie. Una movie apta para sensibles, románticos, cardíacos, vulnerables, bipolares, gente extrema, delirante. Apta para quienes el equilibrio está precisamente en el desequilibrio. Mental y emocional, no físico. ¿O también físico?

Smile, you are in a movie.  Una movie absurda y fugaz.

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Una de cada lado, y no tan lejos

Mi comienzo fue aquí, hace 6 años. El de ella es ahora, pero del otro lado.

Cuando nació, era un pequeñajo lleno de pelo negro, fea como todos los bebés recién nacidos, pero de una ternura inmensa, como todos los bebés recién nacidos. Hasta ese día, el 15 de febrero de 1996, yo había sido la última en nacer, era por tanto la más pequeña, la que no había vivido ese gran acontecimiento de una familia que es el nacimiento.

Yo no sabía lo que era un bebé, cargar un bebé, sentirlo. Por eso sobre todo es que la quiero tanto. Porque es la primera persona de mi vida que recuerdo desde que nació, y que he visto, en parte desde lejos, crecer.

Llevo 25 años despertándome para ver el mar, sea la costica de Alamar o el Malecón. 25 años sin perderme jamás entre tanto edificio de microbrigada, cruzando el Túnel de la Bahía, desandando 23, y se lo dije un día, si me voy, lo extrañaría demasiado, tanto, que tendría que regresar corriendo. A lo que respondió: “eso no lo sabes, nunca te has ido”.

Ella lleva 18 años entre Cuba, una pequeña España y Miami. Pocas cosas sé de su día a día: que por las noches se va al McDonald por un batido de helado, que le gustaba (no sé si todavía le gusta) manejar por la Subway Express. Sé además que le encantan Woody Allen y Cristina Yang.

Hace poco me dijo por el chat de Facebook que se estaba decidiendo por el periodismo. Que le gustaba la idea de ir por el mundo haciendo o produciendo documentales, como los channels de National Geographic, que le gustaba la antropología. Me emocioné tremendamente. Lo disimulé mejor. Me dio tristeza. Esas no son noticias de chat, ni siquiera de llamadas. Suerte que mi tristeza no mató mi emoción.

Abro mi muro del Facebook -¡otra vez Facebook!- y me encuentro esto:

daniela

Mi comienzo con el Periodismo fue aquí, hace 6 años en la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana. El de ella, mi prima, es ahora, en la en la Universidad de Florida, en Tallahassee. Algo me dice que después de once años a cada lado del Estrecho de la Florida, puede que no hayamos estado tan separadas. En algo me consuela.

Yo, de romántica que soy, lo que quiero ahora es poder abrazarla infinitamente.


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Nostalgia por Sancti Spíritus

sancti-spiritus

Cuando digo que me gusta no, que me encanta Sancti Spíritus, los demás me miran como con mala cara. ¿Ya viste Cienguegos?, preguntan. Y yo que sí, el Castillo de Jagua, el Parque de las estatuas, el Malecón con el edificio de Radio Ciudad del Mar al frente, el Boulevard, el Terry, el Muelle real… Ya recorrí también Matanzas, Pinar, Santiago, Holguín… Y yo empecinada. Porque no hay ciudad en Cuba a la que haya regresado tanto como a Sancti Spíritus, a la que haya necesitado tanto regresar.

Sancti Spíritus es fritura de maíz y carnaval en el medio de la carretera central (al carajo la cacofonía), es madrugada y amanecer en el Serafín Sánchez, es alcohol y música en el Café Teatro, es el cimbrar de aceras y estruendo del tren que pasa en Colón, es cruzar una y mil veces ese puente del Yayabo que divide la ciudad en dos mitades opuestas: centro y suburbio, es caminar y caminar hasta el Paseo Norte porque hasta allá no llegan coches, es el karaoke de hace como cinco años, la bolera, el Coppelia donde rara vez encuentro helado, el Boulevard con su librería donde compré mi primera Siempreviva, la biblioteca tan elegante y sobria… Es mi primer beso escondido. Parte de lo que he vivido, deambula por esas calles.