musaraña


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Por Cuba

Yo no sabía qué me unía a esta gente. Si el periodismo, o la web, o las ganas de conocer Cuba subiendo lomas, con el fango hasta los tobillos. Porque al menos para mí no era este blog lo que me unía, lo que me une.

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He pasado un año y medio –desde que me colé en la lista de fallos de Topes de Collantes- sintiendo a esta gente. Los leo, pocas veces les comento o los comparto. Y no porque no quiera, sino porque mi modo de lectura off-line (guarda página y lee luego en casa) me deja los comentarios pendientes que, para el otro día son sustituidos con nuevos posts y comentarios otra vez pendientes. Lo importante, en verdad, es que a veces los extraño. Decir que los extraño siempre sería una mentira mía, poco creíble además.

Siempre pasa que me emociona verlos a todos. Me parece genial que suceda, que exista en verdad un grupo que supera lo insuperable para encontrarse cada seis meses. Y que yo pueda ser parte de ese grupo.

Encontrarse con una excusa que ya no lo es tanto, o al menos lo sentí yo así en este último viaje. La blogosfera –como excusa, insisto- se va quedando un poco atrás en esta historia. Ha dado paso a la amistad y las tremendas ganas de vernos. No puedo decir si eso es bueno o malo. Tampoco creo que haya que decir si es bueno o malo. Es.

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Hay un grupo que dice. Un grupo que intenta hacer algo, aunque a algunos no nos quede muy claro qué. Un grupo que sobrepasa el calor, la burocracia, las guaguas, la gente “de arriba”, los malos olores de las esquinas –perdón Alejandro- y toda cuanta cosa le critiquen a Cuba.

Tunie lo dijo el primer día: “gente que no se quiere ir de este país, que quiere trabajar aquí, que quiere hacer periodismo aquí”. Entendí entonces que era precisamente eso, pero que yo nunca lo había visto así, nunca lo había sentido así. Gente que no se quiere ir de este país. Y yo agrego: a menos que la maldita circunstancia virgiliana nos lance del otro lado. Gente que se quiere aquí. Yo entre esa gente.

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PD: Ojalá y el tiempo, o el calor, la burocracia, las guaguas, la gente “de arriba” y los malos olores de las esquinas, no nos pasen la cuenta.


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Jenny Q. Chai en busca de fantasmas habaneros

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Una china de Shanghái que vive en New York. Que toca el piano de forma a veces diabólica, a veces pausada, angelical. Que ha ido contracorriente con su música clásica contemporánea en una China de tradiciones milenarias. Que en su afán performático toma objetos como guantes y pelotas de béisbol y percute las teclas con fuerza, percute lo que no fue hecho para ser percutido. Que se inquieta mientras toca, se levanta, agarra las cuerdas y las hace vibrar en su propia mano. Pero que no importa si en ello se inventa los sonidos más sacrílegos que se le han de sacar a un piano.

Fue a través del Dr. Solomon Mikowsky, uno de sus profesores que más la han influido en Manhattan School of Music, como se enteró que al sur existía un señor Leo Brouwer, epicentro de un festival de música de cámara de igual nombre. Quizá porque el Dr. Mikowsky es cubano, y en muchas de sus clases le salen historias increíbles de la Isla y su infancia isleña. Quizá porque el maestro, en un arranque de nostalgia, le dijo a la alumna: “Estoy seguro que a Brouwer le encantaría que fueras al festival”. Y le agregó: “Si vas y tocas allí, me enorgullecerías muchísimo”.

El día: hoy martes 7 de octubre. La hora: 8 y 30 de la noche. El lugar: Teatro Martí. Allí estará Jenny, acompañada de la flautista Niurka González, la Orquesta de Cámara de La Habana, la Orquesta de Angklung de Camagüey y otros invitados. Tocar en Cuba se le ha presentado como una oportunidad única y, por ello, refiere haberse tomado muy en serio la organización del concierto: “He estado probando con diferentes opciones, desde varias perspectivas, hasta he cambiado el programa un par de veces. Finalmente, estoy convencida con la versión final, que incluye una primera parte dedicada al tema antibélico, y otra segunda a las personas que se mantienen fuertes, felices y optimistas en cualquier circunstancia.”

“Para ello le he pedido a unos pocos y excelentes compositores que escriban sobre esos dos temas. Uno de ellos es Theodore Wiprud con la pieza Jump, y el otro Richard Sussman, con Spirit Guide, así que habrán algunos estrenos mundiales en el concierto. Otra de las piezas que destaca es Juicy, de Jarowslaw Kapuscinski. Esta se acompaña de un video donde se igualan los elementos de audio e imagen, con sonidos electrónicos controlados por un programa de inteligencia artificial, Antescofo, desarrollado por el compositor Marco Stroppa.

“Siento que, aunque no conozco muy bien la escuela cubana de música, llevo algo que me acompaña, y es la influencia de mi profesor Dr. Mikowsky, quien ha tocado para mí parte de ese repertorio. Lo recuerdo una vez dándome una rumba para tocarla como parte del programa adicional una vez en un concierto en Shanghái. Sé que Cuba es bastante rica en cuanto a su cultura y música, pero nunca he tenido la oportunidad de tal experiencia. Esta será la primea, y mi siento emocionada con ello.

“Por otra parte me ha impresionado el trabajo del Festival, me parece tan genial. Con ello se atraen a artistas y músicas de varias partes del mundo, en especial de Estados Unidos, que resulta más difícil. Tanto las culturas como las gentes necesitan del intercambio.

“La razón por la cual fundé el Face Art Institute of Music en mi país tiene mucho en común con el proyecto de Brouwer, pues la idea es que el Face Art sirva como punto de encuentro de los artistas, como puente para los estudiantes y la audiencia de allí. Hemos ido creciendo e impactando al punto de que nos visitan numerosos músicos y primeros ministros de China. Nuestros estudiantes han ganado cerca de 60 premios, tienen la oportunidad de conocer otros países, hacen amigos y logran influenciarse entre ellos.”

¿De dónde viene la idea de experimentar con objetos para crear nuevas sonoridades?

“La idea, en realidad, no empezó conmigo. Quizá con Beethoven o Mozart, o incluso antes. Lo cierto es que a través de la historia, la gente ha intentado encontrar y crear nuevos sonidos con el piano. En los siglos XX y XXI la tecnología logra hacer una diferencia mayor, complementando la música con sonoridades electrónicas y efectos visuales, a fin de expandir el cada vez más creciente horizonte de melodías y armonías pianísticas”.

Ante una artista tan impredecible, no puede faltar la pregunta clásica que cierra buena parte de las entrevistas: la de los proyectos futuros. Otra vez, Jenny sorprende al hablar de su alianza con Ian Fenty, científico del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y la Administración Nacional de Aeronáutica y del Espacio (NASA): “El objetivo es combinar música y ciencia, con el tema del medio ambiente y el efecto del calentamiento global en el agua. De ahí que el programa se llame Aqua Water.

“El otro proyecto es con Marco Stroppa, compositor de música electrónica y también científico del MIT. Con él me quedé fascinada por los sonidos electrónicos y los conceptos musicales provenientes del futurismo y del espacio, así que grabaré un disco con este tipo de música, siempre interpretada desde el piano, muy pronto.”

Usted dijo una vez que solo era una artista performática que utilizaba el piano como herramienta. Y le pregunto, ¿por qué el piano?

Es un instrumento que ha vivido a través de varios siglos, y ha sido expresado de muy diferentes formas por compositores de diversas culturas, historias y circunstancias. De alguna manera, en él encuentro espíritus y fantasmas, y también mucha agonía y esperanza. Además, el hecho es que, prácticamente hablando, el piano resulta el instrumento que mejor toco.

(Tomado de OnCuba Magazine)


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Nostalgia por Sancti Spíritus

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Cuando digo que me gusta no, que me encanta Sancti Spíritus, los demás me miran como con mala cara. ¿Ya viste Cienguegos?, preguntan. Y yo que sí, el Castillo de Jagua, el Parque de las estatuas, el Malecón con el edificio de Radio Ciudad del Mar al frente, el Boulevard, el Terry, el Muelle real… Ya recorrí también Matanzas, Pinar, Santiago, Holguín… Y yo empecinada. Porque no hay ciudad en Cuba a la que haya regresado tanto como a Sancti Spíritus, a la que haya necesitado tanto regresar.

Sancti Spíritus es fritura de maíz y carnaval en el medio de la carretera central (al carajo la cacofonía), es madrugada y amanecer en el Serafín Sánchez, es alcohol y música en el Café Teatro, es el cimbrar de aceras y estruendo del tren que pasa en Colón, es cruzar una y mil veces ese puente del Yayabo que divide la ciudad en dos mitades opuestas: centro y suburbio, es caminar y caminar hasta el Paseo Norte porque hasta allá no llegan coches, es el karaoke de hace como cinco años, la bolera, el Coppelia donde rara vez encuentro helado, el Boulevard con su librería donde compré mi primera Siempreviva, la biblioteca tan elegante y sobria… Es mi primer beso escondido. Parte de lo que he vivido, deambula por esas calles.


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Proelectrónica cada vez más… mejor

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Acabo de enterarme de la cuarta edición del Festival Proelectrónica, a celebrarse del 3 al 5 de julio, y no puedo más que alegrarme muchísimo porque ¡al fin! Proelectrónica asume el rol no ya de festival fiestero que en sus inicios fue, sino que se consolida como evento, el único en Cuba, donde el protagonismo de la música electrónica transita desde lo bailable hasta lo teórico, extremos bien opuestos.

Proelectrónica viene a retomar ese espacio perdido, nostálgicamente extrañado, que fue Rotilla; y que más allá de lo sucedido, nos dejó una sensación de dispersión, de no tener dónde encontrarnos, dónde reunirnos para hacer lo que nos gusta: escuchar música electrónica así, porque sí, durante tres días, dejarse llevar, transportar por la sonoridad del ambiente y el agua salada de mar.

A la primera edición de Proelectrónica, la verdad, no recuerdo haber asistido. A la segunda sí. Fue en el Salón Rosado de la Tropical, sede del evento, y estuve más atenta a la presentación de I.A. –dúo que descubría por entonces- que a cualquier otro asunto. El Salón estaba, como se dice en buen cubano, “a full”, y se respiraba buen ambiente de fiesta. Solo eso. O solo recuerdo eso.

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El año pasado, me enteré gracias a la lista de correos del Laboratorio Nacional de Música Electroacústica de la tercera edición. Esta vez con dos momentos: uno dedicado a la música electrónica experimental y otro a la vertiente más popular. El primero, más interesante por ser la primera vez que se realizaba, se celebró en la Asociación Ludwing de Cuba, invitación mediante. Yo, que no tenía invitación, esperé dos horas para entrar. Cuando logré subir, me impactó la escena: un apartamento del Vedado, con un balcón anchísimo donde estaban ubicados los Djs de turno. Todo muy “social” –pronúnciese en inglés, por favor-, todo muy de élite. Aunque me pareció genial la idea, no dejo de pensar que parte de la culpa de la insuficiente cultura en torno a esta música viene de la propia automarginación. Si queremos que exista un público –que siempre constituirá una minoría, lo cual que no me parece aberrado- que aprecie desde el minimal, el ambient hasta el techno, debemos darle, precisamente, la opción del minimal y el ambient, por poner un ejemplo. De abrir aun más los espacios, de eso se trata.

Con esto no inculpo otros eventos, como Espacio Sonoro, con sede en la sala Manuel Galich de Casa de las Américas, abiertos al público, sí, pero con tan escasa promoción que solo logran reunirse los de siempre, profesores y compositores de la Cátedra Carlos Fariñas del ISA y del LNME.

Por suerte para este año, Proelectrónica promete un programa que incluye debates y encuentros teóricos sobre un aspecto fundamental que ha entorpecido el desarrollo de la electrónica en Cuba: la cuestión legal de la producción y distribución. Y devuelve además ese momento especial, casi como un viaje, que es el disfrute de la variante que se dice experimental, y que suena como a levitación, si es que la levitación tiene sonido.


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GreenCh en primera persona

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En el mundo de la música electrónica, a Jorge Enrique Peña no se le conoce por su nombre real, sino por GreenCh, el seudónimo que eligió para presentarse hace cuatro años como productor-compositor. Su primer álbum en solitario, Lost in Discopolis, le valió una nominación al Cubadisco 2014, excusa suficiente para esta conversación.

Lost in Discopolis surge en un momento en el cual Arquitecto vs. GreenCh, el proyecto de música electrónica que llevo en conjunto con Dayron Cardona, atravesaba una especie de “down” creativo. Así que empecé a trabajar solo en la casa, durante cerca de seis meses, separándome de alguna forma de la estética que había mantenido hasta entonces en el dúo. La idea de Discopolis hace una analogía a Metrópolis, y viene a ser como la gran ciudad del disco, en la que estamos perdidos. Los temas evocan psicodélicamente eso: lugares de la ciudad.

Inicios…

El disco, debo decirlo, nació de cero. No hay en él un remix, ni fragmentos de piezas anteriores. Todas son originales, pensadas y creadas con ese objetivo. Intenté además mantener una coherencia con el nombre del disco, las canciones, el diseño, la imagen; de manera tal que conformara una sola idea.

Ya en cuanto a género, se trata de un disco dance, que no comercial. Transita bastante lo que es el french house y el sim pop, que resultan vertientes de música electrónica influenciadas por el funk y la disco de los ’80. Tiene también un poco de lo que llamamos experimental y algo de rock en su variante más retro. Creo que es un disco bastante logrado gracias a su estructura, porque incluye diez temas relativamente cortos, no esos de ocho o nueve minutos que pueden estar bien para cuando estés bailando, pero no para cuando estés sentado, tan solo escuchando.

Como se trata de una producción independiente, uno es el que tiene que encargarse de todo el proceso del álbum, desde escribir la música —que de hecho no la escribimos, sino que la hacemos en la computadora— hasta el diseño, mezcla y masterización. Todo eso va por ti o, de lo contrario, por algún amigo que te ayude, como fue el caso del diseño de portada y contraportada del disco. La mezcla y masterización además de ser una tarea bastante tediosa, resulta un terreno desconocido para la mayoría de nosotros los productores. Y si a eso le agregas que aquí en Cuba son pocos los ingenieros de sonido que saben trabajar con las sonoridades de la electrónica, pues están más acostumbrados a lo analógico, no queda otra que hacerlo uno mismo, a como entiendas. Todo eso sin contar conciertos, campañas de promoción, etc. Es en verdad muy difícil, y para nada remunerado. Yo desde que hago música electrónica de forma profesional, desde que pertenezco a una empresa, hace ya unos tres años, no he ganado un peso con esto. Lo hago porque me gusta, y ya.

Ventajas, pero también desventajas…

La ventaja de eso es que al final tienes total libertad, artísticamente hablando, para crear y enfocar tu carrera musical. Tú eres libre de hacer lo que te de la gana, porque no estás circunscrito a ningún tabú, ni a ninguna regla ni a nada.

La desventaja es que, institucionalmente hablando, a nadie le interesa tu trabajo. Es una realidad: a las disqueras cubanas no les interesa la música electrónica hecha en Cuba. También hay una concepción, a mi criterio errada, que cuando la música electrónica no tiene una base de percusión cubana, un ritmo autóctono tradicional, te dicen: “esa gente hace música de “yuma”. Pero es que el patrimonio musical mío, con todo el actual acceso a la información, es mucho mayor, tanto nacional como internacional. Entonces cuando vas con una propuesta, no solo a una disquera sino a un club, y no le escuchan el “cubaneo” por alguna parte, te rechazan, te planchan. Y esto no solo ocurre con la electrónica, sino con la fusión, el hip hop, el rock, que se encuentran en igual posición a nosotros como géneros underground, con inquietudes musicales que, por determinadas razones, no les llama la atención a las instituciones.

Cubadisco 2014…

En el Cubadisco la categoría de música electrónica se abrió el año pasado. Y la abrieron tarde, porque aquí hace años existe todo un movimiento de producciones independientes que ha tomado fuerza, y que el evento no puede obviar.

Al final, y por suerte, Lost in Discopolis quedó nominado al Cubadisco 2014, algo que siempre viene bien, un reconocimiento a tu trabajo. Y más cuando tu trabajo te cuesta tanto trabajo, valga la redundancia.

Ahora, cuando termina el evento, cuando cumple su plazo, ¿qué pasa con esos discos que están nominados?, ¿qué pasa incluso con los premios? Nada. Al premiado le producen un disco, le hacen varias copias, una campañita para un concierto, y quizá un video clip. Por eso mis expectativas son inciertas. No me parece que alguna disquera venga a tocar ahora la puerta de mi casa interesada en mi música, no lo creo. Eso sí, por haber sido nominado con mi primer disco siento que debo hacer algo con él, un concierto en el teatro del Museo Nacional de Bellas Artes, a finales de este año o principios del próximo, quizá.

¿Tienes algún plan personal para la distribución de Lost in Discopolis?

Ninguno. Yo mi música la regalo.

Tomado de Arte joven cubano.


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Leyenda mapuche


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Una de las más antiguas leyendas mapuches relacionadas con el origen de la naturaleza y el hombre cuenta que en el principio no existía nada en la Tierra. En el aire vivía un espíritu poderoso junto a otros más débiles. Un grupo de estos últimos se rebeló, y el poderoso los convirtió en piedras; puso sus pies sobre ellas y al partirse se formaron las montañas, los cerros. Algunos espíritus que sobrevivieron y mostraron su arrepentimiento, salieron de las piedras en forma de humo y llama volcánicas. Los más arrepentidos llegaron al cielo y se convirtieron en estrellas. El llanto de su arrepentimiento fue el origen de la lluvia. El espíritu poderoso miró la Tierra y la encontró triste; entonces  tomó un hijo suyo y lo convirtió en hombre que, al caer, perdió el sentido. La madre del espíritu-hombre quiso ver a su hijo, y abrió en el cielo una ventana: la luna. El espíritu poderoso vio solo al hombre y transformó una estrella en mujer para que le hiciera compañía. Luego, para que la mujer no se lastimara al caminar por la Tierra, el poderoso hizo nacer a su paso las hierbas y las flores, que, al ser tocadas por ella, se convertirían en selvas, aves y mariposas. El espíritu poderoso lo miraba todo por una ventana: el sol.

Tomado del libro Aprendiz de América, de Ernesto Sierra, Editorial Arte y Literatura, 2012.


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Here comes the sun…

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Atravesamos a ciegas un camino oscuro de unos 500 metros, cubierto en partes por el fango blando que forman la tierra y el rocío. El cambio de las doce a la una nos había robado una hora. El juego y el alcohol nos había robado como tres o cuatro. En fin, que aun no eran las seis y media cuando despertamos a los que prefirieron tirarse un rato y enrumbamos hacia lo tan solo sospechado.

Íbamos enfundados en abrigos, sábanas y colchas para matar el frío de la madrugada que nos estaba matando. Porque era, y creo no exagerar, o el frío o nosotros en medio del Valle de la Penitencia, que en nada le vale el nombre.

Éramos un grupo. No los suficientes, pero un grupo al fin.

No íbamos como Fito, al lado del camino, sino en el camino mismo, y no lo digo solo literalmente.

Me faltaban un par de gentes que adoro pero que, confieso, en ese momento no recordé. Quizá a otros le faltaron también. El hecho es que andábamos tanteando, gateando en medio de la oscuridad, del campo y de las cosas dichas y sin decir, con ese cuidado instintivo de los humanos a no dejarse caer.

La luz morada nos alcanzó en la cima poco elevada del valle. Yo no supe ni qué pensar. Y pensé entonces que el amanecer estaba hecho para eso: para no pensar.

Todo era de un silencio absoluto. No por el momento en sí, sino porque el guajiro dueño de la parcela-jardín nos había amenazado con echarnos a ver el amanecer a nuestras casas si hacíamos ruido. Si él supiera. Que el amanecer en mi casa es hermoso, que desde el Malecón y con amigos es más hermoso, pero que desde ese valle y con amigos-desconocidos tiene otro sentido que no sé, no acabo de descubrir, y que viene a ser algo así como la complicidad. Si él supiera.

Fue saliendo poco a poco una claridad tenue. La neblina se dejó ver por sobre las palmas, el lago y las casas. La frialdad fue cediendo a un calorcito extraño. Y me llegaron por imágenes recuerdos de un par de ojazos que me encantan. Eso fue todo.  Quise que el momento me recordara otras cosas, pero el recuerdo se antojó sincero.

Ya desperdigados, cada uno iba experimentando su propio viaje. Aun así, presentí un estado común grupal y gripal –por contagioso: allí estábamos, sobreviviendo al sueño, yéndonos. De eso que obstina y duele y cansa y maltrata. De lo crudo. De lo real. De los charcos en medio de la calle, las maderas roídas, la cama rota, la nota diaria… Y en ese ir nos estábamos también encontrando.

Cuando finalmente nos cubrió la última luz blanquecina del amanecer, decidimos volver, dejar atrás las palmitas –ahora entre lo verde y dorado- el maizal, el lago y el camino por el que habíamos llegado. Quedé otra vez rezagada con mi paso lento de segundos horizontes.

Supe que habíamos estado lejos, muy lejos. Cerca del sol.