musaraña


Deja un comentario

Plis, smile

smile copy

Smile, you are in a movie. Una movie con filtro naranja, como las películas francesas, como Amélie, como Jeux d´ enfants. Como las fotos que ahora todos suben sudando fiebre a Instagram con filtros y tonos naranja falsos. Nostalgia por el pasado emulsionado de las fotografías, nostalgia por el cuarto oscuro, el tiempo, la espera, la expectativa para ver cómo ha quedado una foto, nuestra foto. Nostalgia quizá por el grano de los 35 milímetros y la cruz hecha a lápiz como aviso del corte. Nostalgia no más que inventada. Nostalgia estética.

Smile, you are in a movie. Una movie, nuestra movie, collage de los días más locos, esos en los que dices quererme y al rato no soportarme. Esos en los que me besas y me muerdes y me revisas a ver cuánto de mi carne te has llevado entre tus dientes. Y, como si nada, me vuelves a besar. Una movie de bandas sonoras como gritos, alaridos agudísimos de tu existencia esquizofrénica. Y nunca, nunca, silencio.

La mañana que comenzó esta película andábamos tarareando Pétalos de sal, a lo Leonor y Fito, sin Baires ni Madrid. La Habana. Y tú podrías darme fe…

La última tarde en que dejé esta película me sorprendiste escondida detrás de los arbolillos de G y 23, placiéndome desde mi condición de voyeur, disfrutándote, mientras Raúl Torres y David Torrens me decían al oído quién sabe si mañana tu luz con mi blues sustituyen un día al sol y el cielo…

Smile, you are in a movie. Una movie apta para sensibles, románticos, cardíacos, vulnerables, bipolares, gente extrema, delirante. Apta para quienes el equilibrio está precisamente en el desequilibrio. Mental y emocional, no físico. ¿O también físico?

Smile, you are in a movie.  Una movie absurda y fugaz.

Anuncios


9 comentarios

Por Cuba

Yo no sabía qué me unía a esta gente. Si el periodismo, o la web, o las ganas de conocer Cuba subiendo lomas, con el fango hasta los tobillos. Porque al menos para mí no era este blog lo que me unía, lo que me une.

blogueros_cmg_2014_0159

He pasado un año y medio –desde que me colé en la lista de fallos de Topes de Collantes- sintiendo a esta gente. Los leo, pocas veces les comento o los comparto. Y no porque no quiera, sino porque mi modo de lectura off-line (guarda página y lee luego en casa) me deja los comentarios pendientes que, para el otro día son sustituidos con nuevos posts y comentarios otra vez pendientes. Lo importante, en verdad, es que a veces los extraño. Decir que los extraño siempre sería una mentira mía, poco creíble además.

Siempre pasa que me emociona verlos a todos. Me parece genial que suceda, que exista en verdad un grupo que supera lo insuperable para encontrarse cada seis meses. Y que yo pueda ser parte de ese grupo.

Encontrarse con una excusa que ya no lo es tanto, o al menos lo sentí yo así en este último viaje. La blogosfera –como excusa, insisto- se va quedando un poco atrás en esta historia. Ha dado paso a la amistad y las tremendas ganas de vernos. No puedo decir si eso es bueno o malo. Tampoco creo que haya que decir si es bueno o malo. Es.

10408520_735055783247814_5999911636474990340_n

Hay un grupo que dice. Un grupo que intenta hacer algo, aunque a algunos no nos quede muy claro qué. Un grupo que sobrepasa el calor, la burocracia, las guaguas, la gente “de arriba”, los malos olores de las esquinas –perdón Alejandro- y toda cuanta cosa le critiquen a Cuba.

Tunie lo dijo el primer día: “gente que no se quiere ir de este país, que quiere trabajar aquí, que quiere hacer periodismo aquí”. Entendí entonces que era precisamente eso, pero que yo nunca lo había visto así, nunca lo había sentido así. Gente que no se quiere ir de este país. Y yo agrego: a menos que la maldita circunstancia virgiliana nos lance del otro lado. Gente que se quiere aquí. Yo entre esa gente.

DSC_0076

PD: Ojalá y el tiempo, o el calor, la burocracia, las guaguas, la gente “de arriba” y los malos olores de las esquinas, no nos pasen la cuenta.


Deja un comentario

A mí me enseñaron…

globos rojos… que nosotros, los periodistas, tenemos que comprender que somos “el trapo de limpiar” de esta ciudadanía –porque nos debemos a ella y no a las instituciones-; que tenemos el decir lo que pensamos por delante y el resto de las cosas –las reacciones, consecuencias y perretas- bien atrás; y que al carajo el cuarto poder porque somos en realidad la voz. A mí me enseñaron que el quinquenio gris era asunto de los ´70, y me leí Mea Cuba con la pena, la tristeza y el cuidado de hasta dónde llegaba la verdad. Me enseñaron no, me dijeron, que estábamos en período de cambio, me dijeron no al secretismo. Entonces no entiendo.

No entiendo las contradicciones, pero tampoco creo que tenga tiempo, ahora mismo, para entenderlas. Me apura decir que estoy molesta, y más que molesta, dolida, escéptica, engañada, burlada… Es la primera vez que siento, tan cerca, el peso de algo que nos puede aplastar. Es la primera vez que siento el desprecio por la estructura.

Me toca entonces deberme más que nunca a lo que me enseñaron, a lo que creo y a lo que siento. Me toca estar al lado de Darío aunque lo mire a cada rato con la pesadez de alguien que parece no soportarlo, que parece incompatible con él. Me toca publicar, yo, de las más naif, sin importarme si me llevará o no esta corriente. Me toca, me toca, me toca…

PD: Hoy me he levantado en la web directo a publicar esto, escrito ya desde el viernes, y he visto mi página de WordPress cargada de imágenes de globos rojos. No sé de dónde provienen, pero sé lo que significan, por eso, cuelgo yo también el mío.


3 comentarios

Foto de familia

 

… vivimos añorando algo, algo que nunca más volvió
Carlos Varela

Una vez al año me encuentro con la gente que más quiero. A veces más, avecesmenos. Muchas veces menos que más. Pero del lobo un pelo, como dice mi madre, y a contentarse y a no llorar, y a vivir cinco días, o tres o siete o veintiuno como si fuesen los trescientos sesenta y cincodel año. Porque son los únicos días y entonces no valen peleas, rencores ni llantos.

foto de familia 1

Me dicen que este sistema ha separado muchas familias. No me parece. No creo en los sistemas, creo en las familias. Creo en la unión y la preocupación a distancia, en las viejas fotos de cuando estábamos todos juntos, en las reuniones y en las comidas… Creo también en las discusiones y los encontronazos, porque son parte de nosotros, de nuestra historia como familia. Creo en todo lo que una, por lo bueno y por lo malo.

Me preguntan si quiero emigrar, respondo que no. Me preguntan que en cuál país me gustaría vivir, respondo que por ahora en éste. Me preguntan si no quiero aunque sea conocer. Argentina, respondo. Quiero viajar hasta el sur, llegar a la Patagonia y pasar ahí un buen tiempo. Nada más. Se extrañan por la Patagonia. Los paisajes, justifico. Hay paisajes preciosos en Europa, en Estados Unidos. De momento no me interesan. Insisten. Alguien a mi lado, callada y cansada lo comprende. Mi estado es otro.

Sin embargo, mi estado también se mantiene. Es esa cuestión complicada de los estados y las identidades cambiantes. Ayer quería subir París, hoy quiero bajar Latinoamérica, mañana quizá… No sé. Pero el estado de cuando se van es siempre el mismo. Siempre la misma sensación de vacío de aquel viernes 17 de septiembre de 1999; de aquel otro día de despedida fea en el que solo recuerdo que ella me dijo “me tienes envidia porque me voy a un país frío y tú no”. Pero ella era una niña de nueve años, y aunque me dolió, qué caso le podría hacer. La misma sensación de vacío cuando supe que Melanie y Alex crecerían con vagos recuerdos y referencias de su prima; de cuando un amigo me dijo “me voy”, y de verdad se fue. Le temo a esas frases, “me voy”, “me quiero ir”. Me aterran, porque de verdad se van, y entonces uno se queda tan solo… hasta que pasa el año. Y cinco días o tres o siete o veintiuno te engañan… hasta que pasan. Y otra vez lo mismo. Y es cíclico. Nunca termina.

Me aconsejan que me libere, que no cargue más con la decisión de otros. No puedo. Son mi historia, mi árbol con mis raíces, de donde vengo y a donde voy. Demasiado fuerte lo que une, y aunque demasiado grande lo que separa, me niego a ello. Porque no creo en los sistemas, creo en las familias.


Deja un comentario

La zorra y el Principito

Nunca estamos solos. Ni cuando queremos estarlo y nos apartamos, por ejemplo, a la costica mala y fea de atrás de la casa. Toda llena de dientes de perro y desechos de basura y brujería, con Yemayá celebrando.

Quizá otros sean como yo, buscan lo que yo. El aislamiento cerca del mar, dentro del mar mismo. Y también se equivocan. Pescadores, militares, parejas, padres e hijos. Ahí estaban todos los del barrio, burlándose del oleaje de los vientos de cuaresma.

Decepcionada, me uní a un par de niñas con dientes de leche en el clarito, único lugar con arena. Y como nada, o pocas cosas, salen gratis, a cambio del espacio compartido, me tocó jugar, o mejor dicho, someterme a sus juegos.

Respirar bajo el agua, flotar, zambullirme, peinarme hasta conseguir el efecto más liso, contar hasta diez… Una intranquilidad constante que me proporcionaba, paradójicamente, la tranquilidad que andaba buscando. Olvidar un poco que debo una tesis, un post, un beso y unos cuantos lo siento.

Las niñas claro, me preguntaron de todo. Y yo tuve que responderles lo más sincera posible. Los niños siempre, no sé cómo, descubren cuando uno les miente. Ellas también me contaron sus vidas cortas de cinco años, pero en discursos laaaaargooooos, como si hubieran vivido mucho.

Llegó como siempre la hora de irse a casa, a quitarse de encima el salitre y, con poca suerte, las púas de los erizos. El padre, sentado todo el tiempo sobre una piedra, toalla en mano, las fue cubriendo lentamente, sin secarlas, como un ritual de bautizo. Se voltearon los tres buscando el trillo hacia los edificios; pero antes, tal como la zorra al principito, una de las niñas, desde la orilla, me gritó: ¡A partir de ahora vendré siempre los domingos, ¿y tú?! ¿Yo? ¿Qué podía responderle desde mi inevitable adultez sino que estaba bien, que vendría siempre a encontrarnos, que no faltaría a la cita?

No sé si me escuchó con la ventolera, porque le grité bajito, para dejar en el aire mi compromiso. Pero ella, alegre, con sus pelos cortos y mojados, me decía adiós con la mano, y me repetía, ¡acuérdate, los domingos, todos los domingos!


1 comentario

La noche del capitán

No hay nada que incomode más en una librería que otra persona, a tu lado, lleve alrededor de nueve minutos con un libro en la mano, hojeándolo, echándole lecturas rápidas, sin decidirse a comprarlo. A uno le entra algo, un no-sé-qué mezcla de curiosidad (¿qué tendrá el libro?) con incertidumbre (¿se lo llevará o no?), desespero (pero bueno, ¿cuándo lo suelta?) e impotencia (y que no se lo puedo quitar, coño). Hasta que él o ella cierra el libro (¡por fin!) y se va derechito a la caja de pago. O mejor, lo deja donde mismo estaba, en la tercera fila del segundo estante. O mucho mejor, lo coloca exactamente en tus manos… No hay nada que alivie más en una librería que alguien se retire y te ceda un libro.

Los pasos en la hierba. Eduardo Heras León. Edición interesante a la vista (Letras Cubanas, 2005). Lo abro inmediatamente y comienzo a “escanearlo”, de atrás hacia adelante. Algo menos de diez cuentos y, además, cortos. Justo lo que necesito en tiempos de tesis. Sigo examinando y me encuentro: “La noche del Capitán”. El título me recuerda una lejana conversación con mi tía de Lawton. No sé a qué viene eso pero no importa, sigo leyendo: Al 1er capitán Octavio Toranzo, in memoriam.

Se me aguan los ojos. Lo que son los extraños cercanos. El poder que tienen de invocar recuerdos, pasajes y emociones que no existen.

Un hombre que murió veinte años antes de que yo naciera; que vi en fotos oficiales, nunca en fotos de familia; que conocí cuando aprendí a leer gracias pequeñas biografías en viejos recortes de periódicos. Un hombre al que le debo el apellido.

De él sé cuándo y dónde nació, cómo se incorporó al ejército y cuáles fueron sus méritos una vez allí. Pero las biografías no cuentan ciertas historias: el primer encuentro con mi abuela; el momento en que conoció a mi madre y la última vez que la vio sin despedirse, sin sospechar; el hijo –mi tío- que nunca conoció.

Creo que mi tía la de Lawton lleva años buscando este libro, y yo me lo encuentro así, al descuido, un día en que decido entrar a la librería para darme el gusto porque ando con dinero. Creo que ella quiere saber cómo era. Y yo, que nunca me interesé por el tema ni me dio por preguntar, de pronto también quiero. Los extraños cercanos.

Aquí está el cuento. A mi mamá no le gustó lo que descubrió (¿confirmó?) de su padre. A mí me dio por pensar si en esa noche ya existía ella y, entonces, potencialmente yo. Ese texto construye un pedacito de mi existencia, explica mi forma miedosa de ser. En algo parece que salí a Octavio, el abuelo que registra mi inscripción de nacimiento.