musaraña


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Mi Habana

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La Habana. Mi ciudad que puede estar sucia, muy sucia, en partes vieja y en otras tan moderna que no la siento ella. Mi ciudad casi cayéndose por los balcones donde cuelgan las sábanas blancas de Gerardo y las ropas asoleadas de los dos millones que aquí somos. Mi ciudad con historias de vida en los parques e historias de amor en los bancos, con la brisa marina riquísima de la siesta que no dormimos. Los mediodías en la Habana pasan mientras las gentes almuerza, o trabaja, o aprovecha para salir a comprar algo, al Coppelia si le queda cerca, al Malecón si estás muy loco o muy enamorado, o si no hay sol.

Ciudad salada de mar.

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Mi ciudad oscura en las noches sin cafés – o con cafés caros-, sin bares -o con bares más caros-, mi ciudad con pocos cines y puentes. Pero con una vida tremenda, de bullicio de cláxones y música de bocinas ambulantes a golpe de reggaetón. Y música también, aunque no se escuche, de la que suena en los audífonos de los entretenidos. Con la gente, tan calurosa en todos los sentidos, gritándose de una acera a otra. Ciudad a veces tormentosa. Pero si te sales de esas arterias que son 23 y Línea, hay toda un sistema de cuadrículas entre las que puedes doblar, lo mismo derecha a izquierda y dar con un sauce llorón tomando sol en una esquina o un pedacito de calle adoquinado o una piedrecita boba que te hace recordar algo.

Mi ciudad tildada a veces de fea, quizá por padecer de ese pecado tan cosmopolita de no parecerse a New York o París; y tildada a veces de pobre por igual pecado. La Habana restos de un viejo proyecto de convertirse en Las Vegas o La Habana reflejo de viejas rutinas de villa. Ciudad de muchachas que andan de noche el Vedado livianas y borrachas. Habana frustrada, Habana romántica, Habana Blues.

Raramente amada, inexplicablemente incomprendida.

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