musaraña


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Leyenda mapuche


religion

Una de las más antiguas leyendas mapuches relacionadas con el origen de la naturaleza y el hombre cuenta que en el principio no existía nada en la Tierra. En el aire vivía un espíritu poderoso junto a otros más débiles. Un grupo de estos últimos se rebeló, y el poderoso los convirtió en piedras; puso sus pies sobre ellas y al partirse se formaron las montañas, los cerros. Algunos espíritus que sobrevivieron y mostraron su arrepentimiento, salieron de las piedras en forma de humo y llama volcánicas. Los más arrepentidos llegaron al cielo y se convirtieron en estrellas. El llanto de su arrepentimiento fue el origen de la lluvia. El espíritu poderoso miró la Tierra y la encontró triste; entonces  tomó un hijo suyo y lo convirtió en hombre que, al caer, perdió el sentido. La madre del espíritu-hombre quiso ver a su hijo, y abrió en el cielo una ventana: la luna. El espíritu poderoso vio solo al hombre y transformó una estrella en mujer para que le hiciera compañía. Luego, para que la mujer no se lastimara al caminar por la Tierra, el poderoso hizo nacer a su paso las hierbas y las flores, que, al ser tocadas por ella, se convertirían en selvas, aves y mariposas. El espíritu poderoso lo miraba todo por una ventana: el sol.

Tomado del libro Aprendiz de América, de Ernesto Sierra, Editorial Arte y Literatura, 2012.


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Here comes the sun…

Viñales  126

Atravesamos a ciegas un camino oscuro de unos 500 metros, cubierto en partes por el fango blando que forman la tierra y el rocío. El cambio de las doce a la una nos había robado una hora. El juego y el alcohol nos había robado como tres o cuatro. En fin, que aun no eran las seis y media cuando despertamos a los que prefirieron tirarse un rato y enrumbamos hacia lo tan solo sospechado.

Íbamos enfundados en abrigos, sábanas y colchas para matar el frío de la madrugada que nos estaba matando. Porque era, y creo no exagerar, o el frío o nosotros en medio del Valle de la Penitencia, que en nada le vale el nombre.

Éramos un grupo. No los suficientes, pero un grupo al fin.

No íbamos como Fito, al lado del camino, sino en el camino mismo, y no lo digo solo literalmente.

Me faltaban un par de gentes que adoro pero que, confieso, en ese momento no recordé. Quizá a otros le faltaron también. El hecho es que andábamos tanteando, gateando en medio de la oscuridad, del campo y de las cosas dichas y sin decir, con ese cuidado instintivo de los humanos a no dejarse caer.

La luz morada nos alcanzó en la cima poco elevada del valle. Yo no supe ni qué pensar. Y pensé entonces que el amanecer estaba hecho para eso: para no pensar.

Todo era de un silencio absoluto. No por el momento en sí, sino porque el guajiro dueño de la parcela-jardín nos había amenazado con echarnos a ver el amanecer a nuestras casas si hacíamos ruido. Si él supiera. Que el amanecer en mi casa es hermoso, que desde el Malecón y con amigos es más hermoso, pero que desde ese valle y con amigos-desconocidos tiene otro sentido que no sé, no acabo de descubrir, y que viene a ser algo así como la complicidad. Si él supiera.

Fue saliendo poco a poco una claridad tenue. La neblina se dejó ver por sobre las palmas, el lago y las casas. La frialdad fue cediendo a un calorcito extraño. Y me llegaron por imágenes recuerdos de un par de ojazos que me encantan. Eso fue todo.  Quise que el momento me recordara otras cosas, pero el recuerdo se antojó sincero.

Ya desperdigados, cada uno iba experimentando su propio viaje. Aun así, presentí un estado común grupal y gripal –por contagioso: allí estábamos, sobreviviendo al sueño, yéndonos. De eso que obstina y duele y cansa y maltrata. De lo crudo. De lo real. De los charcos en medio de la calle, las maderas roídas, la cama rota, la nota diaria… Y en ese ir nos estábamos también encontrando.

Cuando finalmente nos cubrió la última luz blanquecina del amanecer, decidimos volver, dejar atrás las palmitas –ahora entre lo verde y dorado- el maizal, el lago y el camino por el que habíamos llegado. Quedé otra vez rezagada con mi paso lento de segundos horizontes.

Supe que habíamos estado lejos, muy lejos. Cerca del sol.


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Bichos raros

Son aquellos que escriben cuentos fantásticos, que hablan de cosas que –salvo en las teorías de la Física- no existen. Son, también, aquellos que disfrutan perderse por mundos ajenos, experimentar las sensaciones de lo imposible.

Por y para esos bichos raros está dedicada Utópica penumbra. Antología de literatura fantástica ecuatoriana (Colección Sureditores, Ediciones UNEAC), compilado por el escritor guayaquileño JD Santibáñez; quien logró reunir once cuentos de ese género que, como él mismo anuncia desde el prólogo, ha sido visto “como un género menor, el hermano feo de la literatura “de verdad”.

¿Qué hace una chica como tú en un lugar como éste?, de Solange Rodríguez, recrea un sistema, llamado ORBICOP, donde los seres humanos han quedado como raza inferior, a merced de otros seres extraños, en su propia Tierra; provocando asco y repugnancia por las bacterias que habitan sus cuerpos llenos de vida. Como Gulliver en el país de los caballos. En medio de tanta obsesión con lo limpio, a un hombre no le importa nada más que tocar a una mujer, infectarse en un ligero roce con ella.

Lo apocalíptico, ese recurso tan recurrente en la literatura fantástica, está presente en Utópica penumbra… gracias a Renata Duque, por su cuento Después. Un mundo donde todo se está extinguiendo, y a alguien le toca la (mala) suerte de vivir esa extinción, de ser inmune a ella. Un mundo donde, quizá, el hombre existió alguna vez.  

Grado Cero, de Gabriela Alemán, nos habla en primera persona de las alucinaciones “eledisíacas” de una joven, para quien las venas resultan conductos de microorganismos y sangre, y los cuerpos máquinas, y sus órganos piezas… Un personaje que cuestiona el hecho de que las locuras y visiones no formen parte de la cotidianeidad.

La crisis existencial de una célula del páncreas que pudo ser célula de la piel, del estómago o neurona, se convierte en rebelión, en el estado de experimentar, de sentirse libre para “recorrer las diferentes facetas del sistema y escoger el destino” se plantea en Elecciones, de la también guayaquileña Alexandra Dávila. Se presienten ciertas semejanzas con los movimientos sociales: cuando logra salirse, la célula ya no es célula, es virus, hay que atacarlo.

Así, del despojarse del cuerpo de uno para transportarse a otro, de lo demoníaco, fantasmagórico, repulsivo, impensable versan estos cuentos. Se recomienda entonces cuidado, que cuentos fantásticos no significan, precisamente, cuentos de fantasía.