musaraña


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Cuba y el turismo sexual

Descriminalizar-la-2 El próximo  28 de de noviembre, comenzará en Cuba el primer simposio internacional de turismo sexual, organizado por el Cenesex.  He leído la noticia y me que quedado fría. No porque me resulte escandalosa o escabrosa la idea. Por el contrario. Creo que con esto Cuba se abre, reconoce y se reconoce, que la prostitución (o el jineterismo) no es asunto que se quedó en la república neocolonial.

Es harto conocido que la literatura cubana de los ’90 rescató el tema no del olvido, sino de la exclusión. Desde la ficción al testimonio, las historias contaron la parte que el de afuera no veía, tan solo imaginaba. Porque las jineteras no dicen tanto y dale y ya, si no fuera demasiado fácil y no tendríamos entonces por qué estar hablando de esto.

Veinte años después, estamos reconociendo el problema oficialmente. Me gustaría advertir, entonces, que el problema no está a las doce de la noche en las calles o puntos de encuentro, para que no lancen como tropas policías a la caza -muchas veces clientes-. El problema viene de atrás: del abandono, el olvido, el descuido, el desamor, la marginación…

Con el simposio, Cuba dice, on record: hola, soy Cuba y parte de mí se prostituye. Y el mundo le responde a coro: hola Cuba.

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Cinco mil cinco

CIMG48321Construir una casa. Levantar cuatro paredes del suelo, de la nada. Colocar cada bloque, cada cabilla de acero y piedra, y un techo de tejas… mientras tanto. Todavía le falta mucho, me dice mi amigo –ya viejo amigo- Manuel. Quiero poner el baño donde está la cocina y la cocina donde está el baño, extender la sala al patio, y aquí, me dice señalando una pared vacía, voy a picar para hacer la meseta de un barcito, ve – muletilla pinareña- para tomar y hablar boberías. A esto le faltan por lo menos, cuando menos, un par de años.

No importa. Lo que importa es lo que está, lo que se construye. Un sitio para ti solo, unos cuantos metros cuadrados para recrearte en tu propio reguero y tus propias planificaciones domésticas. Llegar del Artemiseño y saber que lo te espera, en la número cinco mil cinco de la calle once, es todo tuyo.

En la casa donde nació tu padre –antes de madera, ahora de bloque y cemento- te pregunto si nacerán tus hijos y no puedes responderme. Estarás ahí un tiempo, no sabes cuánto, y te irás. Tu padre está claro Manuel. Me lo ha dicho mientras manejaba por la carretera que une Artemisa con la autopista. Que te irás. Y atrás quedará la casa que hoy construyes, porque así es la vida, y así son las cosas.

Efímero se dice de aquello que dura poco tiempo o es pasajero. No podría definirte, Manu, cuánto tiempo dura –o tarda- lo efímero. Pasajero, es lo que puedo: que pasa (tautología diría la profe de Ética). Pero cuando uno se acaba de graduar, y tiene un trabajo, y empieza a construirse una casa, parece que ya todo, o casi todo, es para siempre.

Vas mirando, por ahora, al Mariel, el puerto del Mariel, seguro necesitarán algún periodista allá, algún comunicador, algo, alguien. Y me queda cerca. Ocho kilómetros (mal) recuerdo que me dijiste. El Mariel tiene perspectivas, pero resulta que la vida tiene más. Y tú no sabes qué será o qué pasará, y estás muy consciente de eso.

Pero igual sigues cargando gravilla, sudando duro la casa que nunca te pesará. Y me alegro tanto por ti. Porque de todos los del grupo fuiste el único que renunció a las “bondades” de La Habana y regresó a lo suyo, a trabajar, gozar, comer… hasta un día. Mientras tanto, tus padres siguen ayudándote para poner la cocina donde está el baño. Y al revés.