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Música electrónica en Cuba III: La cultura, el problema de base

En febrero de 2009 asistí a un concierto de Dj Wichy d´ Vedado en el Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA). Alcancé malamente puesto en lo último y más arriba de las filas del teatrico –por pequeño- del museo.
La música recuerdo era lenta. Quizá –y digo quizá porque hablo sobre la base de lo que recuerdo- un chill out o “techno de sofá”, ambient, intelligent techno… Pudo haber sido cualquiera de estos estilos. El caso es que era una música leeenta, reposada, propia de un espacio con asientos.
Lo interesante del concierto no fue tanto la propuesta de Wichy, sino los movimientos constantes y fallidos impulsados por reflejos de los jóvenes: estaban esperando que la música “rompiera”. Aquel ritmo pausado los tenía expectantes. Conclusión: la sala se fue vaciando de a poco.
¿Qué inferimos de esto? Que no están acostumbrados. Es cierto. El público cubano de la electrónica no está acostumbrado a otras propuestas que no sea la bailable –me refiero al público “neto”-. Y eso no está tan mal, porque para los jóvenes que conforman ese público la música electrónica es fiesta.
Tenemos que hablar de “no están acostumbrados” por aquellos que no son capaces de reconocer que la música electrónica es mucho más que música para bailar. Por aquellos que piensan, de entrada, que la música electrónica en Cuba no es cubana –aunque este tema es debate superado existen quienes siguen pensando así-. Por aquellos que piensan que los productores no son músicos porque no estudiaron en una academia, que piensan que los productores no componen, sino que fabrican la música. En la conferencia de Música Electrónica en Cuba, el jueves 15 de noviembre de 2012 en la Casa del Alba, un profesor de la Facultad de Artes y Letras, historiador de arte, especialmente de arte contemporáneo, decía que: “el productor no crea la música sino que la construye”. Triste. Alguien desde el arte diciendo una barbaridad como esa. Cuando hubo terminado su discurso, Alexis de la O, uno de los conferencistas –integrante de I.A. y Nacional Electrónica- le aclaró al profe: “hay productores que parten de música creada, pero hay otros que parten de cero, usando sintetizadores, que son tan válidos como un violín”.
Incluso, cuando se toma como base para la composición fragmentos de otros temas, como en el caso de los remixes, ¿quién dijo que deja de ser música creada? ¿Es entonces que en el acto del pastiche, según la concepción posmoderna, la creación no es tan ni tal creación?
Claro que el “no están acostumbrados” no es culpa de los públicos, ni de los críticos. La culpa es de las pocas y/o ineficaces estrategias que tenemos para promover una verdadera cultura en torno a la música electrónica en Cuba. Por ejemplo, el 12 de julio de 2012 se realizó un concierto, Espacio de Sonoro, de música electroacústica en Casa de las Américas. Allí fuimos poco más de veinte personas: del Laboratorio Nacional de Música Electrónica (LNME), del Instituto Superior de Arte (ISA), y algún que otro, como yo, de la órbita. Algo parecido sucedió con el concierto del pasado miércoles 28 de noviembre igualmente en Casa. Poco público y, además, el mismo.
La música electrónica en Cuba necesita un verdadero impulso, no solo a nivel de convocatorias a fiestas –Rotilla en su momento fue una verdadera estrategia, pero solo durante tres días al año-; sino también a nivel docente, no tanto para explicar como para mostrar las potencialidades de esta música y su rica gama de subgéneros o estilos. Para, precisamente, crear públicos.
Si algo nos está enseñando la filosofía de las nuevas tecnologías es que el público ya no va al producto, sino el producto al público. Entonces, ¿por qué no se aprovechan los espacios como son las facultades universitarias y sus peñas para promover y debatir sobre la música electrónica en Cuba? Facultades, Casa de la FEU, cafés literarios… Se trata de “sacar” un poco la música electrónica de su espacio por excelencia, la pista de baile, y trasladarla allí donde se pueda crear no tanto el gusto como el conocimiento.