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Música electrónica en Cuba II: La electrónica se dimensiona

Nota: Aquí no habla una musicóloga. Habla una melómana compulsiva de la electrónica.

Con la ayuda de Jorgito, que me arrastraba casi todos los viernes de mi adolescencia en la cruzada de la ciudad (de Alamar a Marianao) para la “electrónica” de la Tropical, iniciándome en este mundo.

Superado el problema de la cuestión legal, los Djs productores –crean y pinchan música- y los productores –solo crean- se enfrentan ahora a sus diferencias internas, sobre cuáles vías debe tomar la música electrónica popular en Cuba. No significa que la legalización llevó directamente a repensar el asunto, sino que le confirió mayor seriedad y, por tanto, mayor responsabilidad.

Entonces tenemos, por un lado, la producción de una música underground –aclaro que en este contexto el calificativo se refiere los subgéneros menos comerciales-. Una música que trascienda el primitivismo de la disco, con concepto y estética propios que la complejizan. Una música seriamente comprometida con la labor de Juan Blanco y el Laboratorio Nacional de Música Electrónica (LNME), aunque sin llegar a ser en extremo experimental: Iván Lejardi en Bio.M.A. Project (2011), Dj Joy d´Cuba, Wichy d´Vedado, Dj Ra y sus tentativas con el New Age, el dúo IA en Sácame del Atari(2010)…

Tenemos también, más menos en la misma línea, el uso de un recurso que no es novedoso, el remix; pero que si tiene una especificidad en el caso cubano es que parte de géneros latinos: mambo (Dj Reitt), son (Toca Toca de Adalberto Álvarez en Iván Lejardi), conga, feeling, trova, (Conga Santiaguera, Lo bello nace contigo de Elena Burke y Varela remixes en Dj Joy d´Cuba), songo (Muévete de Van Van en Dj Kike Wolf); y otros géneros más americanos como Dj Wichy de Vedado y sus coqueteos con el jazz.

Por otro lado, bien distinto, nos encontramos con encasas –por las cantidad de productores, no de producción- incursiones en el minimal y experimental, dos estilos casi-impotables para muchos públicos. Y cito aquí únicamente a Nacional Electrónica, por ser lo único cubano contemporáneo que conozco en la materia.

Uno de sus discos, Llegamos al futuro, tiene la particularidad de que incluye textos, letras compuestas por los autores, algo muy raro en la música electrónica, tanto en la electroacústica como en la popular. En este disco la voz es demasiado tímida y uniforme, además de que, contrario a lo tradicionalmente establecido, voz y backgorund se perciben en el mismo plano.

No así ocurre con el dúo I.A., el referente por excelencia de la música electrónica en Cuba con implementación de textos propios, donde sí se mantienen los estándares de usos vocálicos en la música.

Lo interesante aquí es que no existen bandos –amén de que los establecí arriba como tal para explicitar las diferencias-, sino que productores y Djs productores se van moviendo dentro de las distintas tendencias de la música electrónica (de lo más a lo menos comercial y viceversa), conforme al espacio, al público y a sus intereses.

Así, se puede notar que Joyván tiene una presentación en el Maxim Rock y otra con la Camerata Romeu. Presentación que, incluso, se diferencia a nivel de imagen (en el primero Joyván se disfraza de payaso); que Lejardi hace una cosa en el Bretch, otra en el Villalón y otra muy distinta en el Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA); que I.A. mantiene el mismo discurso, pero con distinta intención, en el MNBA y en el Salón Rosado de la Tropical…

Está la música electrónica que se baila y la que no se baila; la que se escucha solo en un concierto o en tus audífonos; la que se ve y hasta se toca; la que te enajena y la que “te funde”…

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Música electrónica en Cuba I: Mal y rápido para ciertas referencias

Pido de favor, por las siguientes razones:

1. La música electrónica en Cuba es un tema poco difundido en los medios,

2. poco debatido públicamente,

3. que necesita de más (re)conocimiento social,

4. y de la que esta autora no puede decirlo todo porque no lo sabe todo

que:

1. ayuden con el contenido que tengan a enriquecer este trabajo,

2. se motiven a investigar más por el tema,

3. para socializar aquí o donde sea su conocimiento,

4. y que me estén pendientes por si me equivoco.

 

Con la ayuda, por supuesto, de Albita, Arianna y Kathy

Mi historia empieza en los ´90, cuando aún era una niña que no escuchaba música porque no tenía dónde, más allá de un radio, que nunca me gustó.

En las discotecas cubanas de los ´90 comenzó a escucharse por primera vez el referente más popular de la música electrónica: euro dance. Discotecas que,  asociadas a la afluencia de público extranjero, generaron todo tipo de conflictos: prostitución, proxenetismo, drogas, y otras etiquetas del mal social. He aquí el origen de la fórmula reduccionista:

música electrónica = discoteca = problemas.

Las consecuencias se traducen en prejuicios.

Claro que no ha sido solo la música electrónica quien ha sufrido esa fórmula y, por ende, sus consecuencias; pero es de la que estoy hablando.

Como dije, mi historia empieza en los ´90, pero esa es la mía. Para la historia bien contada desde el principio, con Juan Blanco, Juan Piñera, Carlos Fariñas, Edesio Alejandro y otros, pinche aquí.

Sigo, paralelamente al trabajo del Laboratorio Nacional de Música Electrónica (LNME) -que logró conferir cierto estatus a esta música-, emergía en la Isla de fines de los ´90 una cultura otra dentro de la electrónica, con jóvenes veinteañeros –los imagino estilo rebeldes sin causa- que profesaban filosofías de las fiestas rave y de los Djs como creadores de música. Jóvenes nucleados en un proyecto informal: Brigada Verde. Esta otra cultura, aunque más alejada del fenómeno de las discotecas, cargó igualmente con los prejuicios generados por ellas.

Brigada Verde se desintegró al parecer sin razones. Me cuentan pero no me explican que no duró más de un año. No obstante, quedaron las fiestas en Rotilla –luego Rotilla Festival-, y algunos Djs como Joyván, Wichy, Eddy, etc.

Pasamos a los dos mil. Entre 2003 y 2004, el LNME comenzó a “recoger” a los Djs aficionados carentes de espacio, voz y voto en la cultura cubana. Fue el principio de un trabajo colaborativo entre la electroacústica y la electrónica popular.

El LNME les brindó a los Djs no solo la posibilidad de integrarse y profesionalizarse, sino que también les ofreció una suerte de “amparo simbólico” ante las instituciones estatales: si estaban con el laboratorio no había de qué preocuparse.

Pero los Djs, a medida que fueron aprehendiendo en el LNME, fueron mucho más capaces de crear su propia música -de ahí el concepto de Dj productor- y de compartirla con públicos, más allá de los amigos, en clubes nocturnos.

El fenómeno fue creciendo bajo un manto prácticamente ilícito: el Dj trabajaba en un centro del Estado pero no tenía papeles que le permitieran establecer un contrato legal. La cuestión, por suerte, ya está superada: los Djs están reconocidos legalmente desde 2010 y pertenecen a la empresa de Música de Concierto. Sin embargo, aquella situación contribuyó al poco reconocimiento social del Dj productor –a nivel de academia- y, consigo, al escaso conocimiento de la música que estos hacen.

Hasta aquí comparto las notas que he recogido a partir de conversaciones con Djs, productores y personal del LNME. Para la segunda parte, comentaré un poco sobre las dimensiones actuales de la música electrónica popular en Cuba.

 


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La noche del capitán

No hay nada que incomode más en una librería que otra persona, a tu lado, lleve alrededor de nueve minutos con un libro en la mano, hojeándolo, echándole lecturas rápidas, sin decidirse a comprarlo. A uno le entra algo, un no-sé-qué mezcla de curiosidad (¿qué tendrá el libro?) con incertidumbre (¿se lo llevará o no?), desespero (pero bueno, ¿cuándo lo suelta?) e impotencia (y que no se lo puedo quitar, coño). Hasta que él o ella cierra el libro (¡por fin!) y se va derechito a la caja de pago. O mejor, lo deja donde mismo estaba, en la tercera fila del segundo estante. O mucho mejor, lo coloca exactamente en tus manos… No hay nada que alivie más en una librería que alguien se retire y te ceda un libro.

Los pasos en la hierba. Eduardo Heras León. Edición interesante a la vista (Letras Cubanas, 2005). Lo abro inmediatamente y comienzo a “escanearlo”, de atrás hacia adelante. Algo menos de diez cuentos y, además, cortos. Justo lo que necesito en tiempos de tesis. Sigo examinando y me encuentro: “La noche del Capitán”. El título me recuerda una lejana conversación con mi tía de Lawton. No sé a qué viene eso pero no importa, sigo leyendo: Al 1er capitán Octavio Toranzo, in memoriam.

Se me aguan los ojos. Lo que son los extraños cercanos. El poder que tienen de invocar recuerdos, pasajes y emociones que no existen.

Un hombre que murió veinte años antes de que yo naciera; que vi en fotos oficiales, nunca en fotos de familia; que conocí cuando aprendí a leer gracias pequeñas biografías en viejos recortes de periódicos. Un hombre al que le debo el apellido.

De él sé cuándo y dónde nació, cómo se incorporó al ejército y cuáles fueron sus méritos una vez allí. Pero las biografías no cuentan ciertas historias: el primer encuentro con mi abuela; el momento en que conoció a mi madre y la última vez que la vio sin despedirse, sin sospechar; el hijo –mi tío- que nunca conoció.

Creo que mi tía la de Lawton lleva años buscando este libro, y yo me lo encuentro así, al descuido, un día en que decido entrar a la librería para darme el gusto porque ando con dinero. Creo que ella quiere saber cómo era. Y yo, que nunca me interesé por el tema ni me dio por preguntar, de pronto también quiero. Los extraños cercanos.

Aquí está el cuento. A mi mamá no le gustó lo que descubrió (¿confirmó?) de su padre. A mí me dio por pensar si en esa noche ya existía ella y, entonces, potencialmente yo. Ese texto construye un pedacito de mi existencia, explica mi forma miedosa de ser. En algo parece que salí a Octavio, el abuelo que registra mi inscripción de nacimiento.